lunes, 14 de noviembre de 2011

Donde hubo casas edificios quedan

Se hace camino al andar, y al andar puede llegar a la Avenida Salvador Maria del Carril. Allí confluían veredas amplias con enormes arboles que en la época primaveral cubrían el manto gris donde se debaten las bocinas, los cambios y el amarillo titilante de los semáforos.
Mi ignorancia en cuestiones arquitectónicas me condiciona, por lo tanto, a decirles simplemente que la avenida tenia esas casas de frente con puerta y ventana a la calle, donde a veces desde afuera uno podía ver un comedor con la pantalla encendida o una habitación con luz tenue de velador añejo; algunas casas de dos pisos alternaban el paisaje, la veterinaria y la panadería. Estaba el puesto de diarios de Nazca y el almacén de la esquina. Algún modernito chalet de ladrillo visto y la irrupción de grandes casas de estilo ignorado (y valga la redundancia) con parques y una distribución geométrica de rosas, jazmines y algún naciente arbolito.
Yo la conocí de noche en los años en que comenzaba a cursar la carrera y fue pararme en una esquina esperando el 21, actual 108, para volverme a Liniers. Después creció la amistad con el inevitable Rodo y vinieron las tardes contemplándola cubierta de hojas secas y bufandas. Como sucede con tantas cosas, el tiempo y sus propiedades mas nosotros, claro está, me alejaron del 110, el 21 y de la esquina de Del Carril y Condarco donde los pájaros del amanecer solían ser nuestra banda de sonido entre risas.
Otra vez el tiempo, que a Bielsa le sigue dando la razón, acercándome a su continuidad llamada La Pampa. Por Barzana hasta “la húmeda” y ahí a la derecha para volver a encontrarla junto a Avenida de los Constituyentes, con la extravagancia de un surtidor en la esquina que invita a comer un paty frente a un cafecito de esos que están siempre ocupados por los clientes de la reunión del día que sea y a la misma hora.
Y ayer, que luego de salir de Teodoro Vilardebo hasta Pedro Lozano de ahí hasta Campana, para cruzar la vía y seguir hasta Avenida San Martin, entre el trafico de un domingo por la tarde y unas cuadras de negocios mudos de persiana, para poder, por fin, verla nuevamente, donde lo característico es la sombra, ya no de los gigantes de copa y raíz sino del cemento “abalconado”. Carteles que venden departamentos puestos sobre casas fracturadas; casas donde la terraza recibía la furia de un torrencial, el abrazo infernal de Febo y las caricias de un descorche tinto y unas brasas encendidas, que pronto serán los cigarrillos apagados que tira con desdén el del quinto piso, alguna que otra botella plástica y la imposibilidad de ver si el cielo está nublado o es una nube pasajera.
Yo no sé si donde hubo fuego ceniza quedan, ahora bien que donde hubo casas edificios quedan (y quedarán) estoy casi seguro…

jueves, 3 de noviembre de 2011

La plaza del hospital

Caminé por la avenida Emilio Castro unos metros, luego de bajarme del 113, y doble en Martiniano Leguizamón. Pude ver ese chalet enorme que en los tiempo de plaza y contar hasta cien era de los que rompían la hegemonía edilicia del barrio, ese oasis tan cercano y familiar que era nuestro mundo.
Pasé por la guardia del hospital Santojanni y vi a un niño cruzando la calle detrás de una pelota que se había escapado de los límites del terreno, abstracto, de juego. Sonaron las campanas de la Iglesia del colegio San Jose y me quedé observando cómo sus amigos aguardaban el regreso del balón y del amigo-jugador.
Lateral para los que atacaban hacia la calle Caaguazú. El arquero de estos, que ocupaba el arco que daba a la calle Patrón sentado al lado del buzo que hacía las veces de palo, escuchaba una radio portátil y gritaba: Gol de Wensel. Banfield 1 - Platense 1. La pelota pegaba en el tobogán y el juego no se interrumpía, algunos hasta tiraban paredes con un árbol que había quedado dentro del campo (y que no podía ser corrido como un perro). Todos corrían de aquí para allá detrás de la pelota que simpática se movía incansablemente.
Hubo muchos goles y jugadas discutidas, como esa en la que los que atacaban por derecha (o por la calle Murguiondo) y luego de un centro atrás, uno cabeceo y la pelota fue hacia el arco pero a una altura que al arquero le permitía afirmar y sostener que la pelota había sido "alta" mientras que el otro equipo reclamaba y quería festejar el gol.
Corrieron un rato mas. El sol ya empezaba a irse y con el aquellos que vivían a unas cuadras de la plaza y que se habían salteado el almuerzo por el picadito. Los demás se quedaron tirados tomando de la botella que era llenada en la canilla del hospital para no llegar con la boca seca a sus respectivas casas y poder decirles a sus viejos que de poder elegir la mejor cancha para jugar al futbol es y será la plaza...y si es la del Santojanni, mejor!!

martes, 1 de noviembre de 2011

Sueño de divan con zoologico incluido

Como si la imposibilidad subjetiva de poder borrar de su mente lo que ese lunes muy lunes le había deparado en cuestiones laborales no alcanzara, se sentó a ver Godoy Cruz - San Lorenzo. Parecía tener ansias masoquistas de un faquir de 114 kilos sin ropa.
Llegó el momento de dejar caer los parpados y sumergirse en el absurdo de la condensación, absurdo que si uno tiene en cuenta lo ocurrido durante el día, en lo único en que se diferencian es en la miopía a las horas de la luz que posibilita toda visión.
Estaba en el zoológico de Cutini comprando garrapiñadas para endulzar la gola y unos maníes como para hacerle “el avioncito”, cual cuchara sopera, al elefante que con su trompa, barría las manos de los demás visitantes a las tierras cercanas al complejo de las aves metálicas y a combustible.
Se rió con ganas de los monos y su excitación tan de niño con juguete nuevo. Vio a un hipopótamo y quiso preguntarle que había sido de la época de Pumper Nic. No quiso acercarse a la jaula de los tigres por temerle a las bengalas y compró una manzana bañada de azúcar y con nieve de maíz explotado.
Camino hasta donde estaba la jirafa y en su afán de acariciarla cayó dentro de su marcado territorio y vio como la gente inmutable seguía conversando sobre las propiedades de un cuello tan grande y de un ropaje tan particular, aduciendo que estaba fuera de moda.
No pudo salir hasta que llegó Cutini, que le preguntó cómo había llegado hasta ahí. Dudó y cuando estaba por contestarle, abruptamente se reincorporó en su cama quitándose la almohada de la cabeza.
Hay quienes interpretan los sueños, otros sin embargo, saben que no hay nada peor, que un lunes muy lunes y, que así como cuando éramos niños las de terror eran las que nos provocaban las pesadillas, ver a San Lorenzo puede lograr que uno sueñe con una charla con un hipopótamo que ha cambiado de trabajo…y vos para cuando?

jueves, 22 de septiembre de 2011

Imaginario (no) Colectivo


Esa entidad abstracta que ha dado en llamarse Himanistas, mutó en hojas mas hojas, que cocidas por las manos de la artesana Guada Gamo de la editorial super artesanal (La Doble GE) y engalanadas con una bella y certera tapa se transformaron en una hiperbole u oximoron personal, muy personal!!!

lunes, 11 de julio de 2011

Entre 80 y 93

Cansada de escucharme reflexionar sobre los pormenores de la vida colectiva en los colectivos, mi mujer me dijo: “Aprendes a manejar y te compras un auto o hago “la gran Van Gogh” y no te escucho mas”.
Ni lerdo ni perezoso (?) me dirigí a la inmobiliaria más cercana y compré (para los dos eh!) un PH modelo sesenta y pico, lindo, cómodo, familiar. Eso sí, anda muy despacio (?)!!!
El tema es que para llegar al trabajo y debido a la poca velocidad que alcanza “la nave” he decidido seguir invirtiendo parte de mi tiempo entre asientos y monedas, con la particularidad de que al quedar ubicado el estacionamiento en Villa del Parque, debo combinar paradas y colectivos. Producto de ésta combinación es que lo pude ver a él cruzando la avenida Alvarez Thomas en el amanecer de un día que fue y seguía siendo noche por las bondades del invierno y de un país a cuatro quesos estaciones.
Una vez en avenida Los Incas, se acercó al puesto de diarios que está en la periferia de una Shell. Lo vi dar unas vueltas alrededor del puesto como quien busca un libro en una librería desconocida hasta que indefectiblemente, y producto de la resignación, se acerca al vendedor y pregunta por el tesoro literario. A la distancia pareció que la resignación le ganó, de tal manera, que sin titubear cruzó la avenida y para cuando el 80 arrancó, él ya estaba en la puerta de la Farmacity que está en la intersección de la avenida Chorroarín y Los Incas.
Estaba fresco, pero con su pullover se ve que la alcanzaba. Los primeros rayos del naciente sol comenzaban a desperezar a los edificios que, entre lagañas y porteros que ya inundaban las veredas, hacían parpadear a sus disimiles ventanas. En mis oídos Piazzolla hacia estallar el fuelle y cuando en el horizonte apareció el 93 lo perdí de vista al intentar contar las monedas que había sacado del bolsillo trasero de mi pantalón.
¿Dónde está ese que hasta hace unos instantes acompaño mi espera matinal y citadina con su andar? me pregunte al tiempo que el colectivo se detenía. Subí y cuando arroje la ultima moneda, lo vi.
Estaba junto a un árbol y comenzaba a levantar la pata...

martes, 31 de mayo de 2011

Pizza, birra y timba

Unos comensales despues del sorteo se comieron esta "barrilete" de la Lobato 

Era viernes. Decidimos salir a caminar por las veredas del centro de la ciudad con el propósito de comernos unas porciones de pizza sobre alguna de las pizzerías de la avenida Corrientes.
Fuimos hasta Guerrin pero era la hora indebida. Pretender encontrar una mesa libre a esa hora, las nueve de la noche, es como pretender subirse a la General Paz mano a la Luna a la hora que sea o al subte Línea B en la estación Los Incas a las ocho y cuarto del amanecido día; un imposible, pero si de manyarse una de muzza con faina, el intento lo vale.
Imposibilitados de poder ingresar en las fauces de la pizzería en cuestión, recordé épocas pretéritas, para ser más exacto, lunes después de las 21 allá por el 2007, cuando solía encontrarme con mi primo para terminar en la barra de Banchero, y mientras degustábamos una porción de fugazzeta al mismo tiempo que un chop de fría cerveza, charlar de todo un poco. Que Chicago esto, que tal materia de la facu lo otro, en fin… tal recuerdo me y nos empujó, ayudado por la velocidad de nuestros pasos y el hambre, a la esquina de Corrientes y Talcahuano.
Una vez adentro, que besos van que risas vienen, que “una grande mitad morrones mitad capresse, una gaseosa y un chop de cerveza, por favor”, que gente entrando, que gente saliendo, que “¿qué tal tu día?”, que el trabajo esto y lo otro. Los mozos de aquí para allá, sin poder detenerse un instante; aquel sirviendo dos balones de cerveza que estaban para la foto, otro buscándole una mesa a un grupo de mujeres, otro llevando una grande y una chica a una mesa del entrepiso. El bachero lavando con fruición los vasos y los cubiertos, el cajero con la velocidad que esgrimen los compulsivos de la telefonía celular facturando y la pizza que llega a nuestra mesa.
La tv proyecta el partido que Banfield y Godoy Cruz empatarán 1 a 1. Luego de servirnos mutuamente (la caballerosidad la perdí antes de nacer (?)) y dar los primeros bocados, comenzamos una comunicación gestual a la que nos someten nuestras bocas llenas de pizza y  placer. Los ojos se mueven de aquí para allá, los labios se mecen al compas de una boca que no puede ni desea abrirse; la nariz come a su manera.
Laverni marca el final del encuentro y el cajero que abandona unos números por otros, cambia de canal y pone Crónica donde se puede observar el sorteo de las quinielas nocturnas, es en ese instante en el que lo veo a él, uno de los mozos, que aprovechando un momento de quietud y tranquilidad (¿generada acaso?), se apoya sobre una columna del recinto medio escondido y fisgonea el tablero que la pantalla proyecta.
¿Qué numero habrá jugado? ¿Como puede ser el destino tan cruel que han salido ya 19 de los 20 que se sortean y el que falta es justamente el primero, el que sin dudas es el más importante?
Se lo ve ansioso, aprieta fuerte el trapo con el que limpia las mesas, espera que el premio se deje conocer. ¿Cuánto habrá apostado? ¿Qué estará comprando con el potencial premio ganado? Mueve la pierna izquierda sin interrupción, busca la mirada cómplice de uno de sus colegas que a la distancia lo observa con una sonrisa.
Está por llegar el premio, el audio está bajo, sólo se ven las bolillas caer de sus respectivos recipientes, los niños cantores que las toman y cuando por fin el numero se materializará, y con él la alegría o la desazón, de una mesa del más acá llega el grito inoportuno de una clienta: “mozooooooooooooooo”.
 Ni los 20 pesos de propina que le dejaron después de pedirle la cuenta y pagar fueron capaces de dibujarle una sonrisa en la cara.
Mi mujer cuando nos íbamos me preguntó por qué me había colgado de esa manera por unos minutos. Yo le dije que era por lo maravilloso de la pizza con cerveza, pero en realidad había jugado el 22 y había salido el 44.

jueves, 5 de mayo de 2011

Juan, el saboteador

Juan es el de remera rojo fuego (?)

Juan se levanta a las cinco de la mañana todos los días exceptuando los domingos para llegar a su trabajo a las ocho pues vive en Paso del Rey y trabaja en Florida Oeste, en donde lo ubicó la empresa de seguridad que se encarga de pagarle un miserable sueldo y como podrán observar, entrenarlo para maratonista (?).
Juan luego del baño y unos amargos, sale a la calle para esquivar el barro que se acumulo en la cuadra producto de la lluvia pero, por sobre todas las cosas, de la inoperancia (busque usted estimable lector el termino que le parezca apropiado) del político al que le quepa el sayo. Saluda al panadero de la esquina y casi al mismo tiempo emprende una corrida efímera hasta la estación donde, luego de sacar boleto, se pone a conversar con el canillita mientras espera al ciempiés metálico que lo transportará hasta la estación de Liniers para poder hacer la interminable cola matinal del 21, sea el ramal que sea.
Sarmiento llega y como “las ideas nunca mueren”, tampoco las de Juan, que sabe que por unas estaciones su cuerpo será suyo mas no una masa uniforme, a esta altura, en Morón, de personas, bufandas, paraguas, libros y alguna que otra bicicleta. Otra idea, que no muere y se hace Juan, aunque cotidianamente comprobada, es que para poder bajar en la estación de Liniers uno debe bancarse la ñata contra la puerta que cuando el insecto largas dimensiones se detenga, comenzar un contorneo del cuerpo digno de “uno de esos chinos del circo este que esta buenísimo pero que te sale un huevo y la mitad del otro poder verlo, vistes…” para con la inercia de los “hombres de goma” que hace unos años han perdido la condición de pasajeros ni hablar la de personas, poder salir de las fauces metálicas, subir la escalera, bajar el puente y pararse atrás de la señora y su cartera de cuero marrón.
El 21 y cualquiera de sus ramales, si no son la misma cosa con diferente recorrido y cartel, lo acercan a su laburo; digo lo acercan porque Juan debe caminar siete u ocho cuadras para, por fin, tocar timbre y empezar a trabajar, si no es que lo viene haciendo desde que saludo al panadero de la esquina de su casa o por lo menos desde que el tren paso por Morón.
Luego de las nueve horas “oficiales” de trabajo, debe volver a caminar las mismas cuadras que camino a la mañana, esperar que 5 colectivos no le paren porque están atiborrados de gente que viene de más lejos, el sexto frenará y Juan viajará casi una hora pegado a la puerta del transporte porque levanto a los que no levantaron los cinco colectivos anteriores, además de que la General Paz es más lenta que Romagnoli el que juega en San Lorenzo.
Llegar a Liniers y esperar al prócer de vías y tirantes que se quedo un ratito entre Miserere y Caballito porque saltaron unos chispazos producto del agua, la electricidad y el ausente mantenimiento de los vagones, los trenes, las barreras, los molinetes, el Mercedes de Gustavo Gago, vocero de TBA. Una vez que llega y se detiene recurrir a la elongación de la mañana, viajar como una vaca al matadero hasta Paso del Rey, para tomar tres mates, preparar la comida y morir en la cama, para mañana…hacer lo mismo.
Ah…me olvidaba, Juan además de todo eso es saboteador (¿?)