viernes, 31 de diciembre de 2010

Adiue, bye bye....

...mientras me llegan, perfumes de la tempestad....




Los ojos le pesaron un tanto al despertar, como cada día, a la misma hora en el mismo lugar. Besó a su mujer señalando la partida y salió a la calle en busca del sol y sus propiedades inevitables que en esta época del año, para él eran desagradables. Amaba las tardes otoñales.
Se disponía a caminar las mismas cuadras y a esperar que llegue el bondi. Corrían en sus pliegues neuróticos, días de garua, de esa persistente que no moja pero molesta, bue…a esta altura las dos cosas. Moja, inunda, rebalsa y molesta.
Llegó a las cuatro esquinas y un triangulo. Comenzó a cruzar la avenida y vio que estaba parado mitad vereda de estación de servicio mitad calle, el camión de una empresa con la que su laburo tenia vinculo. El chofer y el acompañante eran los mismos que iban seguido a su cajita infeliz, los saludó y no tuvo que caminar una cuadra más o dos, ni esperar que en el horizonte aparezca el acaramelado colectivo que de horarios no entiende ni un ápice.
Se tomó unos mates en la cabina de un camión que le era conocido pero ajeno a la vez. Un habitáculo que le permitió ver de frente las fachadas de las casas, los perros orinando en los arboles de la plaza, el canillita de tal o cual esquina, la señora baldeando la vereda en un horario ofensivo para cualquier pupila y los robocops de moda by Mauricio.
Al otro día terminaba el año, al otro día había un día menos y uno mas….

lunes, 27 de diciembre de 2010

Una puteada en la noche del eclipse lunar

Comenzaba la madrugada. Las noticias eran de ayer, pero el eclipse iba a tener lugar. Habia que esperar hasta entrada ya la noche y su cielo de estrellas, esa escenografia atrapante cuando nos tomamos cinco minutos para mirar para arriba dejando de observar el movimiento del ventilador que en tres "no tira" y en cuatro, "se cae en cualquier momento".
Un fernet dulzon, como para un tipo blando y mientras Duhalde miente descaradamente en mi you tube ofreciendo material para su condena (lo mas terrenal posible!), se filtra por mi ventana un haz de luz tenue con un fondo sonoro familiar desde años para aquellos que vivimos en edificios. Falta todavia para el eclipse, pero la noche esta encantadora. Las luces de neon inundan la ciudad y dan sombra a los nocturnos caminantes, la vereda y la cerveza se funden en un abrazo sediento; sin embargo vuelve aquel sonido familiar, esa voz que viene de las catacumbas, esa voz de culitos azucarados y ficciones repetidas hasta la nausea.
Otro trago, unas mentiras mas del Corleone de Banfield, y una definicion que se aproxima, por lo menos eso es lo que el mensaje trae consigo a traves del pulmon del edificio, los movimientos del viento que tienen lugar en ellos y mi ventana que esta abierta para despejar el calor de estas fechas tan desnudas pero tan sufribles por si todas las cosas si tenes que viajar en la linea C de subte o tomarte el Sarmiento en la estacion de Ciudadela. Es un sonido que sale de un televisor, se habla de votos, es tarde para el repetitivo 6-7-8 como asi tambien para el gangoso de Bonelli, que votacion me estoy perdiendo, me preguntaba para mis adentros.
Fui hasta el control remoto y entendi de donde provenian esos gestos ampulosos de pelotudez mediatizada. Era la final de "Bailando por un orto  sueño". Marcelo estaba por dar los porcentajes finales, se iba a conocer al campeon. El eclipse estaba cada vez mas cerca. La luna, alli, en la distancia pero siempre presente, salvo por las nubes que a veces son "como sospechas". Las ves?
Todo era gritos y culos, lagrimas de cotillon y paneos desde "la vieja muerte" ubicada en algun rincon del hogar. Se abrio el sobre y un peso pesado festejo mientras el otro comienza a ser historia...olvidada. Casi al unisono, una vecina puteo en todos los idiomas, maldijo la definicion del espectaculo mas culo que especta...Que hacia yo despierto a esas horas?
Ah cierto, el eclipse!

jueves, 9 de diciembre de 2010

Saussure LTA, diria Maradona

Si bien nuestros padres se esfuerzan para que desarrollemos distintas aptitudes que nos posibilitarán irremediablemente que vendamos nuestra fuerza de trabajo a precio vil, yo, sin embargo, me he embarcado en la tarea de desarrollar algunas aptitudes más superficiales y, por lo tanto, nada emancipadoras.
Una de ellas es un técnica para poder sacar del paquete de Sugus confitados en primera instancia los confites amarillos que son claramente los mas feos, dejando para lo último los azules y los rojos, deseados por todo aquel que los compre, pero esta técnica queda soslayada cuando me detengo en mi técnica para sacar la lengua sea en la situación que sea, desde utilizarla para sacarme los restos de helado de la comisura de los labios como, para en gesto adolescente, provocar a alguien.
Quizás se crea que sacar la lengua es fácil, que no requiere de técnica alguna, sin embargo, le puedo garantizar que no es así.
En primer lugar, sacar la lengua precisa de un instante previo, que es el análisis de la situación en que ha de realizarse, no todos los escenarios son iguales ¿Acaso es lo mismo el asiento del 343 que la farmacia de la esquina? Una vez realizado este análisis, viene la mecánica que involucra a los labios, el paladar, la dentadura, el frenillo de debajo de la lengua y la lengua misma.
Si es para provocar, usted deberá observar en su derredor, y en un rápido movimiento, abrir los ojos, erguirse lo que más pueda y con gesto veloz y sin titubeos, dejar caer la parte inferior de la dentura levemente y previa acariciada de paladar superior, como relamiendo el gesto, sacar la lengua estirando el frenillo lo que mas pueda, evidenciando así, su disgusto con el destinatario provocado. Aquí la lengua debe dejarse ver con claridad al punto de llegar a tocar el pocito que se forma en el mentón. Ahora bien, si usted, se acaba de comer un helado de kinotos al whisky y sambayon en la heladería del barrio y luego tiene que ir a la joyería a comprar un reloj que lo esclavizará a la rutina del tiempo, pues bien, sepa que en sus bigotes o comisuras labiales siempre quedan restos de colores que denotan no sólo que usted a pasado por el recinto del cucurucho sino que además, lo ha comido como cuando tenia catorce años, entonces, disimuladamente deje que la lengua pispee la claridad con su parte mas estrecha, que se camufle con los labios, y despacio, sin hacer bandera, levántela y de izquierda a derecha o viceversa, muévala como si fuese un limpiaparabrisas, dejando que esta sienta el sabor de los gustos consumidos.
Una vez limpio, ingrese a la joyería y cuando este por comprar el reloj, recuerde no hacer el mismo gesto, pero si puede, por favor muérdase la lengua, que el tiempo no necesita ser medido, ya que es una sensación…..

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Amanece por la ventanilla

Son días de mañanas más próximas en el devenir del día, para aquellos que duermen poco y boludean mucho (soy parte de ellos, por si hay algún amistoso susceptible), la tarea de amanecer “es un instante de belleza muy cruel” citando al poeta, la crueldad medida en segundos, la belleza, el sol y el silencio de una ciudad verborragica.
Las cuadras hasta la parada tienen otro sabor, como no creo en las casualidades, no les adjudico el placer del ruido de los pájaros, esos del amanecer, que tienen un canto nostálgico de la noche y la oscuridad. El sol, iluminándolo todo. Las tapas de los diarios tan calientes como las medialunas de manteca de la pizzería-panadería de la modernidad.
Allá viene el transporte, síntoma de mis desvaríos vívidos, parará y recorrerá las calles llenas de lagañas.  Entre el taller mecánico y la barrera, entre el semáforo de Monroe y Acha, la plaza de Crisologo Larralde y esa esquina que tiene tatuado un escudo de Platense, voy tonteando. Lamentando la ausencia del mate llego a la General Paz, y como por arte de magia, como aquél gol del Diego a Italia en el 86`, la mirada se ensancha, y todo se transforma en un rio calmo con olor a pasto que tiene la cara lavada.
Me veo con la caña y el mate, y ella ahí, leyendo o como Eva según Joaquín. Dura unos instantes, como aquel arquero inutilizado, pero se inmortaliza aunque sea, como en este caso, en el mundo virtual…

miércoles, 17 de noviembre de 2010

El 93

Habla Nietzsche del “Eterno Retorno” y Majul sigue haciendo “La cornisa”. Ambos se complementan, uno sostiene que de alguna manera todo se repite, se vuelve a vivir y el otro hace las mismas boludeces desde siempre…en fin…yo del primero tengo el nombre y del boludo, su rasgo característico, la boludez.
Es por eso que no es sorprendente que todavía me obstine en esperar colectivos en las esquinas tan llenas de puestos de flores y de diarios; a mitad de cuadra donde está el kiosquito de “Roque”; al lado de un árbol que al sacudirse deja caer las gotas que la lluvia dejó para besar la tierra.
De un tiempo a ésta parte, el colectivo que más a menudo espero interminablemente, donde los choferes se tienen que pelear con todos los pasajeros hasta llegar al “Andé a quejarte a la empresa…”, el mismo que si llueve tarda más, ese en el que el primero que viene después de media hora es el que termina en la otra cuadra, en una finalización de recorrido digna de una línea de mierda, no sólo eso, hija de put*! (?). Esa línea es la 93.
Tiene un par de ramales (léaseme sin literalidad), pero sinceramente la finalización de uno de sus recorridos es incomprensible. ¿Acaso puede un colectivo terminar en Monroe y Acha?
Hay una farmacia, un almacén de las de antes, dos chinos, un locutorio, una verdulería, una casa de lámparas de pie y dos agencia de quiniela. Pasan 67 autos cada cuatro minutos, lo que nos da un total de….(?)….pienso, no existo nunca, y sigo pensando, y no entiendo cómo es posible que un colectivo termine en dicho lugar, tan transitado, tan desolado en materia de mecánica.
A veces pienso que es  una mala jugada de algún enemigo del más acá, que ese colectivo que viene allá a lo lejos y que llevo esperando más de media hora y bajo esta lluvia sin techo ni árbol, cuando lo estoy parando me muestre ese cartel inexplicable, esa finalización que se repite día tras día como lo dijo Nietzsche, como lo hace Majul, como lo hago yo….

jueves, 4 de noviembre de 2010

Eterna espera de un desvelado

Hacia tiempo que no me desvelaba con ganas de salir, caminar por avenida Corrientes hasta Juan B. Justo y esperar, eternamente, el 166.

Warnes, Boyaca, Nazca, Velez de un lado de la Gral. Paz, mas alla (y sin inundacion) Ciudadela, los recuerdos y algunas piedras en la culpa neurotica de una mochila que pesa incluso en su liviandad. Ramos y el billar.
Noches que se hicieron dias. Facturas si el "8" lo habia deseado o planeado, vaya uno a saber. Dormir, a veces; matear leyendo noticias de ayer, otro tanto...
Domingos de futbol y mas futbol. Volver. Segunda Rivadavia, la curva y la estacion de servicio fantasma, nuevamente Velez, nuevamente Nazca, Boyaca, Warnes; nuevamente caminar por Corrientes; nuevamente dormir..
¿Dormir?...mejor esperar el 166, en la esquina eterna..

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Ensalada de fruta (y que fruta!!)

Una entidad abstracta ha sentenciado hace ya tiempo que “tratando de lucirse, un chancho puede comer jamón”, aduciendo que “siempre revelamos a lo que estamos sometidos” y es aquí donde está la génesis de este relato o, por lo menos, la base que determina la superestructura (?)


Van 25 minutos de espera en Melo y Panamericana. Las leyes de Murphy se hicieron evidentes de manera descarada, ya que no sólo pasaron dos 15 semivacíos (si lo esperas, llevate el mate y la reposera) sino que los 60 parecían los Benvenuto! Mientras pensaba en la cantidad de autos que ingresan a la ciudad por esta arteria mayor y por ende, la cantidad de personas, que en pocos kilómetros, vivimos amontonadas hizo su aparición a lo lejos el 71. Sabiendo que era estéril mi brazo recto formando un ángulo de noventa grados para parar el colectivo, no así para darme cuenta que tenía que bañarme (?), observé como el bondi lleno se iba y se perdía entre las hormigas con motor.

Algunos minutos después nuevamente el 71 a lo lejos, una seña, un guiño y “arriba los que van a Devoto…”, lleno total, me quedo pegado a la puerta, y mientras las paradas pasan entre gestos del chofer señalando la imposibilidad de llevar más pasajeros y ademanes desde las veredas, que seguramente habrían de acordarse de toda la familia del gordo de bigotes, yo deseo que algunos pasajeros tengan como destino final Crisólogo Larralde y Acha, o Díaz Colodrero, pero que bajen, porque ya veo que…..que…que se suben, estas dos pequeñas mujeres y al mismo tiempo que ponen el segundo pie en el escalón preguntan si hemos sacado boleto.

Me pierdo por un instante, me suspendo en una liviandad inusitada en esta pila de nervios y esqueleto y recuerdo que tratando de continuar la teoría marxista, la ciencia de Karl, Althusser introdujo la noción de aparatos ideológicos de estado, evidenciando que además de la determinación económica que constituye a nuestras sociedades capitalistas, en la superestructura hay lugar para determinaciones de un nueva realidad: la ideología.

Y me pregunto:

¿Qué mierda tiene que ver Althusser con el 71?

¿Qué tiene que ver el chancho y sus ganas de comer jamón?

¿Qué relación hay entre los Benvenuto y la línea 60?

Pero lo que más me pregunto, y en esto soy irreductible es:

¿Por qué carajo quieren sacar boleto aquellos que apenas suben, ya están viajando colgando del estribo? Y, si no es en este tipo de acciones, donde además de pensar que somos boludos por someternos a ellas todos los días sin prender fuego una terminal (?), no debemos entender que revelamos nuestra sumisión, por más insignificante que sea, al pagar un boleto, que según el chofer (que ahora es la empresa!) es nuestro seguro, cuando de seguro lo único que tenemos son los 25 minutos de espera en la esquina que sea, el viajar como animales y que yo cuando leo no entiendo nada!....y trato de lucirme como el chancho….ah! acá estaba la relación que no encontraba (?)

martes, 21 de septiembre de 2010

Feria y figacitas

Esos precios ya no existen....

Recuerdo que era un ritual que tenia lugar una o dos veces por semana. El barrio se vestía de colores donde predominaban el celeste y blanco, además de los cajones con manzanas verdes, papa blanca y batata; el olor a pescado, las galletitas en caja (la de los animalitos y los confites de colores!)
La feria se armaba y se desarmaba en el transcurso de unas horas, eligiendo las calles donde quería estar, donde mi abuela compraba las figacitas que tanto me gustaban, más aun cuando estaban empapadas del juguito de un bife a la plancha.
La saludable de decisión de mandarme al colegio por la tarde, de mi madre, me preemitía vivir esta celebración ritual del chango cargado de puchero futuro, de botellas de vidrio opacas y resistentes a un golpazo. Había música de fondo, muchos diálogos de pie en vereda y el otro en la calle, de vecina repetidora de malas nuevas y de niño correteando por entre los puestos ¡y que cuidado había que tener con el puesto de accesorios de limpieza y las escobas colgando!
Cada rato se escuchaba el parlante saturado de una camioneta que cargaba chatarras compradas y algunas para vender, la balanza encendía su aguja y el vendedor limpiaba sus manos en el delantal blanco.
Era la feria del barrio, era el cuarto de figacitas y el cuarto de miñones; llegar y comer hasta que viniera el micro de Bachi y me depositara en la feria donde nunca nos contaron la historia como es, para que hoy no nos preguntemos: que hago en Carrefour?...

martes, 14 de septiembre de 2010

La pregunta del millon.....de insoportables!!!

Hay días en los que ese mismo al que le reprochamos la media hora que llevamos en la vereda esperándolo y nos manda a hablar y quejarnos en la empresa, decide meter a 253 pasajeros en un habitáculo en donde sólo entran unas 25 personas sentadas y otras tantas paradas, obligándonos con ello a realizar las mas diversas piruetas para llegar a algún resquicio donde no molestar al otro ni sentirnos pasajeros simbióticos por más que la que tengamos al lado esté buena.
Ya de por sí sacar boleto es una tarea ardua, porque si esperas estar cerca de la máquina para sacarlo, no apurándote, evidenciando tu malestar y tu deseo de viajar en una nave espacial (?), recibís seguramente el sonido gutural de algún apresurado benefactor de la 93. Una vez con el seguro, por si nos matamos todos, en la mano, pedimos el primer permiso de una serie que puede llegar hasta los treinticuatro, de los que recibimos como respuesta, una corrida de mochila, un chistido de molestia, el “si, como no” de uno que se transforma casi instantáneamente en posible compañero de un truco imaginario y compinche en caso de deliberación colectiveril.
Ya estamos en el fondo, hemos llegado luego de una tarea que requiere ausencia de artrosis, un buen movimiento del Tupper con el morfi que llevamos al laburo pero, por sobre todas las cosas, una irreconocible puntería para levantar la pierna y apoyarla al caer en un sitio sin tacos ni zapatos, sin mochilas ni bolsas de los mandados ¡y todo esto con el colectivo en marcha!
Pero esta pseudo satisfacción personal dentro de la bronca matinal se esfuma cuando cercanos a la puerta del fondo, lugar que elegimos (si es correcto utilizar este verbo!) para molestar lo menos posible, como así también, para no sentirnos intimados por otro cuerpo, y al que llegar nos llevó un tiempo, al punto que ya estamos por bajar, aparece la preguntonta del millón (?): “¿Bajas?”, a la que por una cuestión de principios y respeto uno responde con un “Sí” amable pero que por dentro más de una vez nos hizo pensar en respuestas como “No, estoy acá, porque me gusta tocarle timbre a los demás pasajeros” o quizás “No, es que dudo en todas las paradas si bajarme o no”, en fin…quizás se llame la pregunta del millón, debido a que son tantas las respuestas para dar que habría que tomarse el 343 de Liniers a Tigre y en el eterno viaje, hacer la prueba….

martes, 31 de agosto de 2010

El gol de Varallo que ví...(Quizas fue en colectivo y no me conto nada....)

Seguramente estaría incurriendo en una contradicción temporal al decir que habiendo nacido en 1980, tuve la posibilidad de ver un gol de Francisco Varallo en vivo y en directo, sin embargo, créanme que no.
Tuve, tengo y tendré abuelos futboleros y uno de ellos, calvo él, de pequeña estatura y contextura física (si no son lo mismo en la jerga), compañero de ruta desde temprana edad, capaz de armar un escándalo por la rotura de un vaso como así también de hacer de un hecho serio una comedia literaria (gutural), jugador de escoba y de las dos y tres cifras…el abuelo Pedrito (y te encargo la factura!!)
No contaba cuentos de príncipes ni superhéroes de poderes sobrenaturales sino, mas bien, era un narrador de anécdotas, de esas que con el tiempo siempre mienten un poco (siempre fue así….!); y entre ellas, está aquel gol de Varallo en cancha de Independiente. Su hermano Sengo, lo llevaba a ver al club de Avellaneda aunque él fuera hincha de Boca (no se entienda esto como una obligación, si así lo hiciese abandona la lectura de dicho texto) y esa tarde, justamente, el local enfrentaba a su equipo, a su cuadro y él estaba del lado en el que las camisetas rojas predominaban.
Jamás hizo referencia a la fecha, evidenciando que el tiempo es una sensación y no la razón puesta al servicio de un reloj; tampoco evocó el resultado del partido al quedarse sumergido en ese instante que durara para toda la vida. Varallo tenía como compañero a un jugador paraguayo llamado Benítez Cáceres, flaco y petizo, escurridizo y veloz, quién tomó la pelota en tres cuartos de cancha y al tiempo que buscó a su compañero Varallo enmudeció a la tribuna local. El silencio posibilitó que mi abuelo, Pedrito, escuchara el grito del goleador a su compañero “por el medio petizo!!!” y viera casi al unísono el empeine del paraguayo bajo el esférico pesado y marrón, para después observar la dirección del mismo por encima de la cabeza de los centrales de Independiente que cuando se dieron vuelta vieron que Francisco Varallo estaba rematando de manera tal que cuando el arquero atino el gesto estéril, tenía ya un gol en contra y la boina en el fondo del arco junto al balón.
Juro que lo vi mientras él me lo contaba, juro que será uno de los goles mas lindos que habré visto en vivo y en directo, uno de esos que se sienten para toda la vida…..

martes, 17 de agosto de 2010

Viaje musical

El autor intelectual (?)
Si bien es cierto que el 74,23% de los pasajeros cuando viajan, duermen; ¡incluso los que van parados!, es real tambien que un porcentaje significativo va escuchando musica mientras los pozos, las luces de los semaforos y los taxistas son sorteados con diversas suertes.
Ahora bien, en el último tiempo se ha vuelto una costumbre inevitable para algunos pasajeros socializar sus gustos y preferencias musicales, ya no sólo con remeras adolescentes (las que he usado, eh!) de los grupos que mas les gustan ni con gestos ampulosos de cabezazos al aire entre pelos largos y tachas, sino con una posibilidad que ofrecen los pequeños y diminutos aparatos de la incomunicacion por falta de credito, de señal o saturacion de sistema, como son los celulares...
La experiencia cotidiana de viajar en colectivo se ha vuelto musical sin eufemismos y con literalidad; los altavoces de estos "alien duce" nos sumerjen en un confluir de estilos musicales, ¡que no tendria el acento negativo si no fuesen las ocho de la mañana!
Asi como pasa con los que leen y hacen lo imposible para que uno sepa lo que estan leyendo, agarrando el libro de tal o cual forma, lo mismo ocurre con estos solidarios del ritmo, a los que por lo visto, no les alcanza con que viajemos apretados sino que ademas no podamos dormir como el 74,23% de los pasajeros lo hacen...

martes, 10 de agosto de 2010

Patas Arriba. Pelos Parados

El deseo efimero

Una de las experiencias que mas se viven dentro de un colectivo además de viajar como el orto, es la de tener la dicha de tomar un bondi y que suba, luego de que nos sentamos junto a la ventanilla del asiento que permite la compañía, una persona de figura atractiva.
Como quien no quiere la cosa, miramos en derredor para ver cuantos asientos vacíos pueden privarnos de tal belleza. Nos acomodamos mejor en el asiento y disimuladamente miramos por la ventanilla aunque de reojo pispeamos el paso del deseado pasajero.
Vemos que ya evito dos posibles obstáculos vacíos, que se nos acerca, que mirarnos será inevitable pues cuando se esté por sentar a nuestro lado nos correremos emulando dejar bien libre el lugar.
¿Le hablo? ¿Me hago el interesante y saco el libro de la mochila? ¿Dejo caer una moneda para provocar un cruce de palabras y movimientos mutuos? ¿Le pregunto la hora? ¿Que hacemos? ¿Que hago?....
....bajate o dormite qué, como siempre, se acaba de sentar en el asiento de atrás.

lunes, 2 de agosto de 2010

La sensualidad de la duda

Recuerdo, puesto que ha pasado el tiempo, que era una noche de viernes del mes de Julio. Un amigo festejaba su cumpleaños en una confitería (?) que está ubicada en la Costanera; un lugar a los que uno, si va, es por situaciones similares a éstas, un festejo irrenunciable, el aniversario de un ser querido, sino sale grande de muzza en El Imperio….
Mientras pensaba que colectivo me acercaría al lugar del festejo, vi entre las luces de neón y las altas de un taxi veloz, el cartel del 107. Instantáneamente supe que de tomarlo tenía que caminar unas cuantas cuadras desde Ciudad Universitaria a tal recinto, pero sabía de ante mano que era la mejor opción, y a esa altura, la mas rápida (no tomo taxis gente, ¿Cómo y por qué pagar $25 sino por $1,25 llego casi al mismo lugar con diferencia cientos de metros?)
Una vez de haber saludado al chofer y pedir el boleto, decidí sentarme cerca del fondo, en un asiento de esos que parecen esconderlo a uno debido a la altura que tienen los asientos que están delante. Como no era un colectivo que tomaba asiduamente, observé durante todo el viaje por la ventanilla, contemplando las arterias del barrio de Coglhan, las esquinas y sus pintadas, las veredas y la caca de los perros (?) que sobre ellas descansa.
Sabia que me bajaría donde terminaba el recorrido, por lo tanto no estaba preocupado por los nombres de las calles, cada tanto observaba al interior del colectivo para ver cuantos compañeros de viaje tenía. Como suele suceder en estos casos, y más si es de noche, muy pocos son los que van hasta el fin, en este caso, incluso el chofer…….desde mi óptica quedábamos en el colectivo el conductor, una mujer sentada en el asiento delantero y quien escribe, pero lo que la situación me demostró es que desde la óptica de estos lo único que estaba presente en ese vehiculo era el deseo de las “caricias” y de un “round de amor”.
El colectivo no cruzó el puente de la Lugones, detuvo su marcha en una calle aledaña y oscura, supe que tenia que bajarme, pero me mataba la duda de si interrumpir o no el afán demostrativo de cariño, del hasta hacia apenas unos segundos chofer, para con su partenaire…..tomé impulso, rápido salí de mi asiento y toqué el timbre mas inoportuno que jamás habrá oído ese chofer.
Tuve que cruzar el puente a gamba tratando de no morir en el intento (recordar que no tiene senda peatonal) y continuar con mis pasos hasta el lugar del festejo. En todo el recorrido la sensualidad de la duda me abstrajo de tamaña odisea….

domingo, 25 de julio de 2010

Aquellos años de bolsa de agua caliente entre los pies


La llegada del invierno a nuestros días, días de cielo gris, en los que el sonido de la estufa es un tanto más familiar, no sólo genera mas consumo de gas, de guisos de lentejas (riquísimos guisos de lentejas!) y de lana, sino también de baños de sofocación que tienen lugar, usted ya sabe, en los enormes y movedizos colectivos de nuestra ciudad esquizofrénica.


Es real que uno mientras lo espera, desea estar un rato a salvo del frío entre sus pasajeros, sin embargo, al momento de subir, nos golpea la cara y luego se expandirá por el resto del cuerpo, una ola de calor humano, en este caso, con connotaciones negativas. La primer sensación es la de querer sacarse la bufanda que no se tiene puesta, de sacarse el pullover pero primero esta la campera y qué hago con las dos cosas en la mano en este mar de gente.


Luego, inmediatamente, la vista nos enfrenta al vapor reflejado en las ventanillas llenas de gotas en un día en el que no esta muy cerca la tormenta. ¿Tan fuerte es la sensación de un hilo de frío ingresando por medio centímetro  en relación a la posibilidad de respirar un poco mejor? Pequeños fragmentos de lana de repente en nuestras bocas, el problema de toser sin poder taparse y que la nuca del destinatario se encuentre a 12 centímetros.


A esta altura ya nos ventilamos el cuerpo agarrando con una mano a la altura de la nuez las prendas que llevamos puestas y moverlas con rapidez para que ingrese algo parecido al aire. La frente, a su manera, nos muestra su dolor; y los lentes nos dejan ciegos de tanto en tanto……


Nos bajamos, el frío nos hace sentir el correr de la sangre…llegamos al trabajo y con una mueca de felicidad pensamos en la bolsa de agua caliente entre los pies de aquellos años, ya pretéritos…

sábado, 10 de julio de 2010

Un poco de amor francés (o para una mañana de lluvia...)

El otoño tiene mañanas como estas, en las que mirar por la ventana irremediablemente lleva al lamento de no poder quedarse en casa tomando unos mates, quizas algun que otro pan tostado (ya saben con qué!) para acompañar, prender la radio y que el dia fluya entre cebada y cebada, entre renglones y tinta, entre aureolas de humo y la luz del sol que llega diezmada por las nubes...
Cada gota que hay en el vidrio de la ventana, producto de la llovizna, es un argumento mas para desear agarrar el paquete del yuyo verde, con o sin palo, volcar una cantidad arbitrariamente elegida, hundir en ella la bombilla que compramos en San Pedro (usted lo recuerda señorita!) y mojar lentamente la yerba dejando caer el agua caliente de la pava en la union de la bombilla y el verde yuyo....esperar unos segundos e ir a su encuentro......ya no estamos solos, hay otro en la casa; no habla pero nos escucha, nos acompaña en la lectura y en la cocina, no nos pone horarios....que rico mate me acabo de tomar recien....

martes, 6 de julio de 2010

Copernico, Lacan y yo arriba del bondi en la Gral. Paz

A medida que fui creciendo, a la par de mi nariz, comprendiendo lo inentendible o entendiendo lo incomprensible, tuve revelaciones que golpearon mi narcisismo, que calaron hondo en mis huesos, por los poros, en los pelos que me salen en las orejas…
 
Saber que la Tierra no es el centro del Universo, más allá de los esfuerzos de los paladines de la teoría geocéntrica, y que, como nos mostraron hace ya algunos años Galileo y Copérnico, es la Tierra la que gira en torno a la estrella de la luz, el Sol, me provocó un estrepitoso decaimiento en el estado de ánimo. No era la Tierra el centro de todo y yo como habitante de la misma tampoco merecía tamaña envergadura, sin embargo no claudiqué en mi afán de sentirme el ombligo del mundo, pero como la suerte es grela, aparecieron otros muchachos (Freud y por sobre todas las cosas, Lacan) que no contentos con mi primera decepción y posterior levantada, me remataron trayendo a mis días, mis años, mis estudios y a mi casa (?), la interesante idea de que yo soy un sujeto en tanto inconsciente, o sea, soy aquello que de alguna manera no sé…ahí, pensé que moría, que nada peor podía suceder para mi hermosa idea de ser el mas lindo, el mas grande, el mas inteligente, el mejor pasajero…..
 
Pero llego el día en que todo cambio, en que aquellas teorías tan interesantes, tan importantes para la historia, el mundo, las mentes, los divanes, los telescopios y que tanto atentaban contra mi narcisismo cayeron derrotadas por una teoría mucho mas fuerte, mas certera, mas palpable, mas peligrosa aun y que logró derrotar mi ideal de mi, esa idea acabada de mi como un ser alucinante, brillante, con luz propia…….la teoría en cuestión sostiene que tomarse un colectivo ya sea en la Gral. Paz como así también en la Panamericana en dirección al Riachuelo a las seis de la tarde, no sólo atenta contra cualquier psiquis, sino que además daña cualquier físico, pero por sobre todas las cosas da ganas de no ser un sujeto de este planeta, llamado Tierra…de colectivos de mierda y tránsito sin fin…

miércoles, 23 de junio de 2010

Preguntas matutinas de un viernes mundialista en el 71

Con más pena que gloria, he vuelto a tomarme el colectivo 71.
A su parada me ha llevado el otoño, que disfruto en las comidas, en las tardes de sábado soleadas de boina y ciudad, en los domingos de laguna y mate pero que en bicicleta (transporte utilizado en mis últimos viajes hacia el trabajo) se vuelve un tanto engorroso debido a que uno debe emponcharse como un Equeco y tal suma de ropaje trae consigo una transpiración alienante, que el frío del vestuario laboral ante la posibilidad de una ducha vuelve insufrible; me condujo también a su parada el debate entre la vigilia y el sueño, tan recurrente en mis días cargados de noches largas a veces un tanto estériles. En fin, el clima, sus cualidades a la hora de salir de la cama, mis horarios sin horario, la carencia de guantes y el vestuario laboral me han empujado a la parada del 71, colectivo al que había cambiado por el 93 cuando amanecía temprano y bien; y antes de la compra de mi despintada inglesa Susu (una bicicleta bautizada así en homenaje a Susu Pecoraro, vaya uno a saber porqué).
Sin poder resolver el dilema de por qué una línea de colectivos que tiene tres ramales (x Maipú, Maipú x Congreso y x Panamericana) y siendo el mas utilizado el ultimo de los enumerados, se encarga de hacer coincidir en un mismo momento dos vehículos sin que estos sean justamente el que mas gente espera y por lo tanto, desespera. Sin esa respuesta, quizás esclarecedora de muchos otros tantos acertijos que encuentran lugar entre libros, mp3, bufandas y ventanas cerradas; huérfano de dicha resolución subí al colectivo lleno, bien lleno, repleto de huesos mortales, de corazones que laten, y me tope con ella (que puede ser él, no se me acuse de machista!!!), la ansiedad hecha persona, un ser que no se por qué razón se abalanza sobre todos los que hemos quedado entre la puerta y la maquina tragamonedas con la intención de sacar boleto desde allá, sí, desde ahí, desde al lado de la puerta, con su “ñata nuca junto al vidrio”.
¿Acaso no observa que los que estamos delante de ella no hemos sacado boleto todavía? ¿Acaso no le da un poco de bronca tener que viajar así, y este enojo, el deseo de no querer pagar el boleto? ¿Por qué se apura? ¿Cuál es el motivo de su ansiedad insoportable? ¿No ha sufrido ya esta escena durante meses o años trabajados, como para saber que el colectivo inundado de gente solo se vacía cuando las puertas del medio o en su defecto la de atrás se abren, dejando en libertad a aquellos cuerpos que ya pasaron por las mismas circunstancias por las que esta pasando ella?
Lo mío es una neurosis obsesiva sin ningún tipo de duda, pero como es posible que una persona no se haga, en dicha situación, alguna de estas preguntas….sobre todo si antes de sacar boleto tiene que empujar y pasar por arriba a otros que viajan tan mal como uno.

lunes, 14 de junio de 2010

De bondi a bondi

Hay momentos de mis días en los que me detengo en aspectos imperceptibles; largos, extensos y estériles periodos pero que se vuelven trascendentes para mi subjetividad ("suele pasarme, olvido lo que importa mas....")
Muchas veces me pregunté, y lo sigo haciendo, si esa ventana que se abre con el movimiento del colectivo en su andar y la fusión con los pozos de las calles de la ciudad, me había elegido como víctima en épocas invernales y de sueños, entre el "1,25, por favor" y el timbre que acabo d tocar para bajar de la formación.
Hace tiempo que me detiene el cumulo de gestos, ademanes y circunstancias que rodean al encuentro que se da entre los choferes de la misma linea y en un mismo recorrido, sobre todo porque el vinculo que se establece entre los de recorridos opuestos es un simple guiño de luces del vehículo o en su defecto, un bocinazo seco.
He comprobado que, por lo general, aunque no se digan nada o solo medien tres o cuatros palabras, la apertura de la puerta es instintiva. Creo que concientes de que el tiempo de un semáforo es poco para entablar una comunicación fluida, sus palabras se vuelven inaudibles debido a la velocidad asignada. Si uno llega a comprender algo de lo enunciado, por lo general, puede comprobar que hay quejas con respecto a algún compañero que se adelanto ene el recorrido o destinadas al inspector de gesto amable (mente) mentiroso.
La conversación, el intercambio de gestos, ademanes, signos de una comunicación netamente urbana puede durar el latido de los tres colores, quizás algunas cuadras.
Algunos choferes se buscan mutuamente, regulando la velocidad, calculando distancias, encerrando a algún taxista; otros en cambio parecen confluir por casualidad y casi siempre uno de los dos choferes evidencia un deseo de comunicacion mas fuerte al punto que desde el semáforo anterior no cerró la puerta de subida, esa que sólo pueden utilizar los ancianos y los padres con hijos en brazos para bajar sin que el chofer se queje; están aquellos que no median gesto alguno sino un efímero toque de bocina que puede ser señal de relación laboral sin vestigios de amistad o "nos vemos en la terminal y charlamos, que ya baje a comprar puchos y los pasajeros me miraron con cara de pocos amigos".
De bondi a bondi, una comunicacion que en las esquinas de una ciudad que no para de hablar, se tiñe a veces de amarillo, pero casi con certeza de rojo.
Verde? Que te quiero verde!! 

miércoles, 26 de mayo de 2010

¿Y donde esta el co-piloto?

Así como los jugadores de bolitas, como éstas mismas, han entrado en extinción, hoy por hoy es muy difícil encontrarse con los copilotos de chofer de colectivo.
Lamento enormemente sus ausencias en cada viaje que realizo, por más que estos duren 19 cuadras o 23 minutos. Pienso en cuanto mas agradable podría ser para un colectivero contar con un compañero de viaje que le toque los temas que la ocasión demande.
Me pregunto dónde está aquel niño, al que mi mente ubicaba en lugar de hijo del chofer, que mientras su viejo silbaba un tango, cortaba el boleto de inesperado color y con posibilidad de capicúa, que la gente le requería. ¿Dónde esta aquella mujer con la bolsa de los mandados entre sus piernas, con la que el chofer hablaba sobre lo que pasaba dentro y fuera del supermercado, en vez de oírlo de la espiritualidad emulada, lucrativa y matutina de Ari Paluch?
¿Qué ha sido de ellos? ¿Qué ha sido de aquel vendedor ambulante que luego de ofrecer su producto y vender apenas un paquete de caramelos charlaba sonriente con el mandamás del volante?
Quizás inconcientemente añore dicha comunicación por mi condición de pseudo estudiante en la materia, pero en la superficie, allí donde se ve la espuma del mar, creo que se debe a que añoro los viajes sin bocinazos ni puteadas, sin cricket en mano ni gritos a tacheros; sin ese “chancho” que sube con gesto adusto, pide boletos y provoca que el niño se siente y se haga el dormido, que el vendedor ambulante baje sin importar donde y de manera presurosa; y que aquella mujer con la bolsa de las compras a cuestas deba correrse, hacer silencio y escuchar como el controlador de boletos le pide al hasta hace unos segundos su interlocutor, que prenda la radio y porga al idiota de Beto Casella.
Parada por favor!!!!

lunes, 17 de mayo de 2010

Las mochilas y los colectivos

Así como me pasa a mí con la agujereadota de pared, hay personas que viajan en colectivo con mochilas, diversos modelos y colores de mochilas, diversos tamaños y actitudes de mochilas…
Las mochilas ofrecen un montón de facilidades, sin embargo a la hora de su utilización en el transporte de “Toque timbre” y “Descienda por atrás”, adquiere una relevancia particular (mente) obstaculizadora.
El colectivo esta repleto, uno trata de acomodar desacomodadamente su cuerpo entre los cuerpos, y de golpe frente a nosotros, un individuo que estático conserva su lugar y que cuando uno pasa no conserva el silencio, expulsando una seguidilla efímera de onomatopeyas que culminan con cara de “así no se puede viajar”, buscando  complicidad en otra mirada. Nos enyogizamos y levantamos las cejas homenajeando corporalmente al refrán aquel que reza “un gesto vale mas que mil palabras”, mientras que en nuestra mente comenzamos a buscar silogismo tras silogismo, huellas, marcas, señales que den cuenta del por qué de dicha actitud, por qué y cómo es posible que una persona salga de su casa con una mochila tan llena de vianda, ropas, apuntes, libros, mp3, celular, desodorante, carpeta y cuaderno y todo lo que la palabras cachivaches comprende; cómo es posible que cuando sube al colectivo minado de gente no se la saque, no se la ponga entre las piernas en aquel resquicio donde pudo ubicar a duras penas su humanidad. ¿Acaso querrán ser molinetes humanos?
Y también está aquel, que sentado en la fila de los asientos de a dos, no sólo se sienta en el mas cercano al pasillo sino que además apoya su mochila en el asiento que da a la calle y mira hacia un horizonte inalcanzable, hacia un punto difuso que sólo él puede observar por no decir que se hace el boludo olímpicamente. Me reconforta cuando se le sientan al lado habiendo otros asientos disponibles aunque la mayoría de las veces esto no suceda.
Las propiedades solidarias de las mochilas se ven opacadas por la utilización que las personas les dan en el interior de un 93 lleno, dentro de un 132 a las 18 hs por Avenida Córdoba; si usted me viera manejando la agujereadota de pared, seguramente escribiría su texto…..

lunes, 10 de mayo de 2010

Cuando faltan 5 para el mango con 25

Es un instante. Ya cuando subimos la mera sospecha de que la ausencia sea posible, ante el capricho de la maquina, nos perturba.
Sabemos que no nos sobra ni un centavo y si nos sobrase de nada serviría. Tenemos que pagar el boleto, que es sinónimo de viaje, pero que se diferencian y mucho; todas nuestras monedas oscilan entre los 5 y los 10 centavos. Las vamos poniendo de a una siguiendo las instrucciones que visten a la tecnología y con el fin, además, de evitar un reproche matutino del chofer sin mate ni torta frita.
Tenemos que pagar $1,25 de los cuales nos restan completar 35 centavos. La mente y los ojos jamás prestaron atención, tanta atención, al visor de letras verdes con escenografía negra. Las piernas se aflojan, el brazo pesa y el sonido del metal que danza en el bolsillo plástico no es música para nuestros oídos sino, mas bien, la representación mental de una escena de suspenso.
Faltan 15 centavos. Tiramos la última moneda de 10 y mientras la degluten, nuestra mente se concentra aun mas en la perturbadora posibilidad de que nos falten 5 para el mango con 25. Miramos el diminuto símbolo, lo introducimos en la maquina y escuchamos su periplo como quien contempla la bola de Bowling, que acaba de lanzar, en su viaje interminable y ¡sin canaletas!
Una vez con el boleto en la mano, elegimos, de ser posible, un asiento sino habrá que quedarse parado y mientras la ventana nos muestra el día, darse cuenta que es muy distinto que te falten 5 para el mango que 5 para el mango con 25.
¡Te la regalo tener que caminar 30 cuadras debajo de esta tormenta de granizo sin capot!

viernes, 16 de abril de 2010

Agosto en Munich

Pedaleamos por las arterias de la ciudad y llegamos a su pulmón. No era el corazón, era el pulmón de una ciudad bellísima. Entre las fachadas de los edificios y los adoquines, entre los museos y las avenidas, un banco de plaza, para ser mas preciso un banco de parque. El sol brillaba y permitía llenar los ojos de un paño verde y grandes arboledas, por ahí, en la inmensidad.
Conversamos de los días y las noches, reímos al recordar anécdotas, hubo tiempo para las fotos y la lectura.
Volvimos pedaleando entre monumentos y flores, entre idiomas. Nos esperaba una casa y las estrellas se dejaron ver.
Era Agosto en Munich. Invierno al otro lado del charco.

miércoles, 7 de abril de 2010

Conversacion Colectiva

De repente y en medio de parpados caídos, de cabezas tan cansadas que soportan el repiqueteo contra la ventanilla-almohada, y del gusto a mate recién dejado en la mesada, se escuchó el timbrar de un celular que hacía sonar la canción del boludo de moda, Ricardo Fort.
Vaya uno a saber si porque el dedo se dirigió rígido e implacable al SEND o por el hecho de abrir la tapa la comunicación (grupal) dio inicio. Ella, con una verborragia propia de un horario vespertino, ese resquicio del día donde las lagañas brillan por su ausencia, se están sorteando la Nacional y Provincia o en su defecto, la gente mira a Jorge Rial; nos contó mientras le contaba a su interlocutora celular que “el finde había estado buenísimo”, ya que el viernes había salido con ese chico que tanto le gustaba y al que había decidido hacer esperar una semana mas la posibilidad de ver su cuerpo desnudo. Histérica? No, para nada.
Las cuadras, las esquinas, los semáforos y los pasajeros pasaban, mientras tanto, ella continuaba relatándole y relatándonos, que el sábado se había levantado tarde. Que fue a pasear a Matute el perro y que se quedo en la plaza tomando sol, porque tenia un casamiento y no vaya a ser que la recepción la encuentre pálida y tomando Gancia (?).
Era temprano. Cada  una de las subjetividades colectivas dejaba ver en sus ojos la mochila del día y las palabras que fluían estridentes, opacaban aun mas ese pequeño y efímero brillo matinal.
Mientras narraba, nos narró que el domingo la encontró tirada en su cama hasta la hora de los ravioles y el estofado y que se había despertado mucho antes, cuando oyó al diarero revolear y hacer golpear el diario contra le ventana de su habitación cuando en realidad sólo debía dejarlo al lado de la puerta.
Si hubiera o hubiese (?) sabido lo que me esperaba arriba de ese colectivo, me tomaba el que venia atrás o antes de ascender me cargaba una de 30 de Mogolistar. Menos mal que es Lunes y que el 93 llegó a la intersección de las avenidas Mitre y Melo en Florida donde me bajé y aunque me dirija al puto laburo, me inunda una silenciosa alegría.

viernes, 26 de marzo de 2010

Poesia de encendida pregunta (Alegria idiota de Viernes)

Viste combinando colores
pero sus zapatos siempre son blancos
Su mente gira y gira
apretada por un dedo ansioso
tiene luz propia
y me brinda calor
suele esconderse
pero siempre aparece
¡¡menos ahora!!
¿Donde esta mi encendedor Bic?

viernes, 19 de marzo de 2010

Gualicho

Son cerca de la una de la mañana y el cielo no cesa en su intento de besar aquello en donde para algunos hay que tener los pies y en donde, para otros, hay que saber caminar con las manos.
La pava esta a punto, también llena de agua. La yerba comienza a mojarse y no estoy en Juan B. Justo y Santa Fe. Tres amargos y uno dulce. Sumerjo la mano en un paquete de maíz inflado, me inundo la boca del aireado cereal y me cebo, con mucho agua, un mate cáustico.
Sigue lloviendo.
Las gotas pegan en los techos vecinos y estallan millones, en pequeños salpicones, evidentemente no de ave, inofensivos, hasta que se juntan, se solidarizan, se reúnen los unos con los otros y la ciudad colapsa.
No andan los trenes, Palermo bajo el tsunami de TN y America, se apagan los barrios, la vecina dice que "hay que matarlos a todos y que la culpa es sobre todo de los peruanos y los bolivianos que nos vienen a robar el trabajo; y también de los chinos que apagan las heladeras a la noche, cuando cierran el negocio" (?).
Puede ser chaparrón, pero también tormenta, Mauricio. 

viernes, 12 de marzo de 2010

Los sueños

Son los primeros días del mes. Uno de ellos está comenzando y mientras todos duermen, él regresa a su antigua casa.
Volver, después de haber vaciado las copas, utilizado un sin fín de palabras, a veces con sentido otras no tanto y con el sol iluminando los vestigios de una mañana que se debate entre aullidos lejanos y cantos diversos; como les decía, volver caminando, como siempre, es una tarea ardua pero encantadora.
Quizás vengan unos mates como para confundir la noche con el amanecer, tal vez para prolongar aquello que el tiempo se encarga de interrumpir. Los parpados pesan. El sueño comienza a relamerse en la victoria y de pronto, hay un perro que nos quiere morder en nuestro lugar de trabajo donde jamás hubo un animal, además de los empleados; la carpa comienza a inundarse cuando hasta hace tres segundos atrás estábamos en Corrientes y Callao.
Todo es extraño y cotidiano: estamos en casas con gente que nunca habito en ellas y que, me animaría a afirmar, ni siquiera conocen. Sin embargo, sentimos que debíamos haberle avisado a nuestro amigo que el cumple se festeja mañana al mediodía u ¿hoy al mediodía?
Como corren estos tiempos de velocistas de IPhone, enviamos un mensaje de texto que llegará y confundirá al receptor, quien responderá inmediatamente ¿De que estas hablando?
Ya estamos completamente despiertos, entre lagañas y mal aliento, reímos. Somos una gran sonrisa naciente. Recordamos, aprovechando el borramiento de las fronteras simbólicas, que una fuerza placentera nos indicaba el momento exacto de nuestro descanso. Sabemos, mientras reímos, que ese perro puede ser nuestro jefe o el de la rotisería que nos vendió la milanesa hecha con aceite quemado y que tan bien nos cayo! Llegamos a la conclusión de que por el centro porteño compramos nuestra mochila, la que utilizamos en el viaje aquel, en el que se nos inundo la carpa una noche maravillosamente lluviosa en el lago Falkner y que entre aquellos que nos acompañaban, estaba ese que cumplía años, del cual debíamos dar aviso.
Reímos cuando nos damos cuenta que el mensaje que enviamos fue después de abrir los ojos y que al que se lo emitimos era parte de esos sueños.
Sueños, que gracias a una hermosa cualidad innata, son parte de la realidad que soñamos despiertos….y que los cumpla feliz!!

jueves, 4 de marzo de 2010

Berlin 08´

Desde la perspectiva de mi cuerpo, no sólo de mis ojos, podía observarse una cortina corrida que daba lugar a una ventana abierta por donde la luz entraba e inundaba el cuarto. Un cuarto nunca antes visto, ahora si, por mis ojos en 27 años de existencia. Lleno de trenes en miniatura, de libros y revistas separadas por temas, por lugares geográficos, por gusto al fin, pero de una forma reveladora. Todo esto y lo demás cubierto por una evidente suciedad, esas que reflejan que alguien habita el lugar pero que no se detiene en la limpieza ni superficial ni profunda.
Desde esa perspectiva también podía ver la figura de alguien con una enorme cabellera rubia llena de rulos, que apoyado sobre el marco de la ventana, miraba a la calle, calurosa de verano alemán. ¿Qué veía? No sé.
Sonaba Piazzolla. Sonaba “Adiós Nonino”.
Era nostalgia. Era recuerdo.
Pensando en vos siempre, siempre extrañándote.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Mientras todo gira y yira

El mundo gira lento, como siempre, aunque incomprendido. Realmente hay cosas incomprensibles, mientras todo gira y yira.
Hace unos 10 días, un padre fue a pasear a su hija a una plaza de Almagro. Hagan memoria, viajen al pasado y véanse a los pies de una hamaca, entre un ir y venir hipnótico; frente al inconmensurable tobogán y sus cualidades de generar dudas escalón a escalón. Allí, en una plaza, un rectángulo o cuadrado de césped y besos, este padre decidió robarle sonrisas a la cara de su pequeña hija, tratando de lograr así dibujar una mueca entre tanto gesto adusto. Un árbol que vivía hace tiempo en el mismo lugar, generando sombras y espacios para las caricias, y que un tiempo antes había dado indicios, muestras claras, de que sus raíces eran victimas de la crecida del gris cemento, cayó. Aquellas sonrisas que fueron a ser buscadas y encontradas, aquel fruncir los ojos, mostrar los dientes se transformó en un calvario de días y noches interminables. La niña se esta recuperando de a poco y todo esta encaminado, claro esta, con las incertidumbres que genera una fractura de cráneo. Fue de público conocimiento que los vecinos habían dado al Gobierno de turno (des-haciendo Buenos Aires) aviso de tal situación y de lo que posiblemente sucedería y sucedió. La plaza fue cerrada. Aun estando trabajando en ella como si se hubieran caído los edificios de la vereda de enfrente, la gente no puede acceder a ella, disfrutar de sus bancos, de sus juegos y lo que es peor, de su nostálgica calesita; ese sinfín de vueltas montados a un caballo o manejando un auto, ese girar y girar de un mundo de inocencia que se ve interrumpida, por ejemplo, cuando observamos que además de la niña que fue quién sufrió el accidente, el segundo perjudicado no es un responsable por lo sucedido, sino el calesitero. Ese señor encargado de hacer girar un pequeño mundo de alegría y que si hay puntería, nos regala la segunda vuelta, mientras todo gira y yira.


martes, 9 de febrero de 2010

Bailando un lento (colectivo)

Que en la vida deben tomarse precauciones además de cervezas y vinos, no cabe ninguna duda, mas aun si nos levantamos a las 7:15 hs, ponemos TN para ver como estará el tiempo y a las 7:45, cuando salimos de casa, ya sabemos que el día será cálido pero que hay ya 15 muertos y un tsunami de inseguridad.
Las precauciones varían, desde cortar la luz para cambiar una bombita (como hace “un amigo mío”) hasta confirmar nuestra presencia en un sitio con un horario holgado para evitar la indeseada impuntualidad. De este “amigo” que corta la luz para cambiar una bombita, sólo puedo  decirles que siempre me repite:”antes de que exista la minima posibilidad de morir electrocutado, prefiero que la gente piense que soy un boludo cagón”; sin embargo, la precaución de dar un horario dilatado sobre nuestro arribo al sitio pensado es para aquellos que viajan en colectivo una herramienta que siempre esta en la mochila junto con los apuntes de la facultad, el tupper con los restos de ensalada que nos llevamos al laburo y la cajita de fósforos llena de tu-tucas , diría un tartamudo (?).
Usted amanecido y lunático lector, se preguntará el por qué de dicha precaución, verá usted por qué: existe un grupo de choferes de colectivo que aparecen por lo general en los momentos menos propicios, no estoy hablando de los que pasan a altas velocidades y cerca del cordón luego de un chaparrón de 10 minutos y nos inunda de tal manera que sólo nos falta el patito sobre la cintura para creernos en una pileta; ni tampoco estoy hablando de ese que escucha a Gerardo Rozin en la Mega y se ríe como si escuchara algo simpático e interesante. No, les estoy hablando de aquellos que, como quien no quiere la cosa, reducen la velocidad del transporte hasta los límites de la exasperación. No se trata señores de impaciencia ni de poca tolerancia, para eso lean ustedes los comentarios del diario La Nación , se trata de incomprensión, profunda incomprensión.
En primer lugar la incomprensión viene cuando somos asiduos pasajeros de la misma línea y también del chofer y nos vemos sometidos al apuro y lentitud en proporciones similares, hay días en los que nos cierra la puerta en la cara y nos grita “arribaaaaa”, otros como si estuviera paseando un día domingo en su Fiat 147. Uno no habla de velocidad, ni quiere que vuele, pero si que piense en que quizás esas 15 o 40 cuadras que uno necesita hacer son parte de un tiempo que no es el de la línea en cuestión. Estos choferes aparecen por lo general cuando uno debe llegar al picado con los amigos y en el laburo lo retrazaron; cuando pegamos los ojos un poco mas y el despertador quedo huérfano de amanecer.
En segundo lugar, la incomprensión nos compete, puesto que se han naturalizado estas acciones y todos los pasajeros vamos mirándonos buscando al cómplice que se levante y le diga: “loco, apura la nave que para pasear me tomo el 344 de Liniers a Tigre”, y esto nunca sucede. Se ha naturalizado tanto el “arribaaaaa” y la cabeza contra el vidrio o media cara contra la puerta, como “el pasear es un placer” que en el 71 no debe suceder (?).
Yo me pregunto siempre que pasaría si ese chofer para en un kiosco, se compra un pancho y cuando se lo van a entregar en mano, luego de haberlo pagado se lo escupen ¿se sube como si nada al colectivo y continúa viaje hasta que el timbre le indique la próxima detención?  Seguramente que no y cuando se le consulte por qué, dirá, que porque el pago un pancho y que como tal no puede ser comido escupido por quien se lo vendió.
Bue….yo creo que eso es lo que de ahora en mas debemos decirles a los colectiveros, que nosotros su pancho no lo vamos a comer, debemos decirle, que nosotros pagamos un servicio y que el mismo debe ser lo mas eficiente posible, porque como la precaución es algo que esta siempre en la mochila se nos puede quedar olvidada o salirse de ella por el cierre roto del bolsillo chiquito (?)

miércoles, 3 de febrero de 2010

Pasajero enojado con juego

Así como llevo años yendo al supermercado y al momento de ir hacia la góndola de las carnes para comprar dos bifes con lomo, observar como los distintos compradores toman una carne picada desgrasada de la cual se arrepentirán a los 15 segundos y dicha bandeja es depositada en la fila del Mondongo (?); llevo años, también, viajando en colectivo, observando cosas extrañas o conductas que me llevan a escribir estas y otras líneas.
La situación que viví hoy merece al menos unos renglones (y espero que su atención también). Tome el 60 para dirigirme desde la Panamerica hacia la zona de Cabildo y Congreso; y por estas cosas que tiene la vida, el chofer asintió al gesto de una mano extendida que luego se transformaría en parte de mi aventura transportada.
El hombre subió, sacó boleto y luego de hacer 6 o 7 pasos, se sentó a mi lado. Unas cuadras después sacó de su portafolio una birome y la antepenúltima página del gran diario (de mierda) del país, esa en la que en tiempos pasados se encontraban solamente la Claringrilla y los signos del zodíaco, y que ahora y desde hace un tiempo, trae también un juego llamado “Sodoku”.
El juego consta de un cuadrado enorme, que contiene 9 cuadrados, a su vez, divididos en 9 cuadraditos en el que en su interior deben colocarse los números que van del 0 al 9, sin que estos se repitan ya sea dentro del cuadrado intermedio como en las filas y columnas que estos forman (si pone canal Encuentro, seguramente Adrián Paenza le mostrara como es el juego y lo ayudara a entenderlo).
Si bien el juego tuvo incidencia en la experiencia por mí vivida en el colectivo, la tuvo aun más la actitud del pasajero encargado de ¿resolverlo? Estamos cerca del verano y el calor sumado a las condiciones del viajante cotidiano suele ser una combinación explosiva. Una combinación que hace emitir a cada uno de los tripulantes una infinidad de gestos y onomatopeyas, que de persistir en el tiempo se tornan molestos, por no decir insoportables. El compañero de viaje comenzó su lúdica experiencia sumido en una tranquilidad inusitada dado que era lunes y eran las 18 hs, pero con el paso de las cuadras dicha tranquilidad, calma, paciencia fue deteriorándose. Los primeros indicios me los dió su constante movimiento corporal, como quien no encuentra su posición en el asiento; luego le siguió ese sonido, un tanto gutural, que es el chistido. La constancia del mismo, hizo que inclinara mi cabeza hacia su persona tratando de entender cual era la molestia que lo aquejaba, cuando pude ver y entender lo que sucedía.
Resulta que le faltaba poner el 1 y el 3 en los cuadraditos ubicados en el interior del cuadrado intermedio, la dificultad radicaba en que además le faltaban otros números ausentes en el papel y en la imaginación. Se lo notaba molesto, a esta altura, el pasajero tenia como diría un amigo de la infancia “mas juego que el Ital Park” en sus movimientos y el chistido era casi interrumpido; con su birome dibujada abstractos garabatos en el aire sobre el tablero. La frente le transpiraba a mares y el pañuelo se inundaba de sudor y de ansiedad. Yo no podía evitar sonrojarme ante la atenta mirada de los demás pasajeros, también atrapados por esta suma de movimientos gimnásticos y sonidos permanentes, como así tampoco dejar de mirar el tablero vertido en papel prensa.
Cansado ya de los movimientos, la transpiración, los gestos, el pañuelo, los garabatos, el Ital Park, la birome, la ausencia del 1 y el 3, no pude contenerme y cuando el colectivo se detuvo en la esquina de Cabildo y Nuñez, toqué timbre, bajé, le compré un Crónica al canillita vespertino, saqué del interior del mismo el suplemento Croniquita, ese de juegos infantiles de fácil solución, corrí dos cuadras el colectivo que había abandonado y una vez arriba, entregué en mano al transpirado y exaltado pasajero dicho suplemento, recién allí, la calma existente antes del gesto de la mano extendida aludido por el chofer, volvió a hacerse presente.
El resolvió una sopa de letras ya sin sudor mientras yo, perplejo, trataba de ubicar los fatídicos números 1 y 3. 

lunes, 25 de enero de 2010

El asiento solitario (la duda del Pelado Santa Cruz)

¿Por qué? Él siempre que hablamos de los colectivos y sus cualidades innatas, me pregunta: ¿Por qué?.
Al observarlo contar la situación entre gestos y ademanes, es posible situarse en el lugar del hecho; ver al pasajero retirar el boleto y depositar su mirada en el asiento que próximamente tomará su forma. Es en ese instante en el que a él la pregunta se le vuelve inevitable, es ahí cuando la duda lo constituye de pies a cabeza, es allí donde el por qué se vuelve urgente. Sabe que ese pasajero se dirigirá por el pasillo y elegirá el asiento solitario. Pero por qué elige ese asiento es la duda!
Según los enviados de la comunidad Mogolistar, todo esta vinculado con un problema comunicacional; “es que estamos tan comunicados y tan conectados todo el día, que la gente necesita desenchufarse un poco, es como tipo que la gente esta saturada”, sostienen. Sin embargo, hay otro grupo de analistas colectivos, que adjudican tal elección a la continuidad del anonimato que implica la gran ciudad, sus avenidas y los pochocleros del Parque Rivadavia.
Una minoría, hace ya unos años que viene sosteniendo la teoría de que aquellos que eligen el asiento solitario, ese que se encuentra sobre todo en la fila de la derecha si uno tiene la visión del que acaba de sacar boleto, lo hacen por el nombre que llevan, entiéndase: Soledad, Consuelo, Segundo, Primero, Dolores, Mía, entre otros.
Un grupo de fundamentalistas de Palau, atribuye tal decisión a una actitud precavida y ante todo solidaria, puesto que consideran que aquellos que escogen dicho asiento, lo hacen porque saben que se dormirán en el trayecto y que emulando a Passarella cuando iba a cabecear un centro de Luque sin importarle nada ni nadie, arrojan cabezazos “a troche y mouche (?)” o, en su defecto, reconocen que su baba, producto de la boca abierta al dormir, siempre les deja una señal en la remera que llevan puesta; evitando así el pesar a los demás pasajeros.
Teorías que tratan de despejar las dudas, para ser mas preciso, la duda que por momentos constituye al Pelado Santa Cruz, al que me encuentro sentado en la mitad del colectivo, en el asiento de uno y me pregunta: ¿Por qué?. Decime por qué!
Quedando claro, cómo en la mayoría de las preguntas, que la respuesta esta en uno…….en uno de los asientos de la fila de los solitarios.

lunes, 18 de enero de 2010

Viajes dentro de viajes

Cansado ya de caminar las mismas cuadras y esperar religiosamente el colectivo en Pacheco y Olazabal, sabiendo que sudare las gotas que en otra época del año serian las mismas que mi cuerpo expulsaría en por lo menos tres días (no sera mucho?), he decidido cambiar de linea de colectivo. El 71, ya no se ocupa de mis mañanas y mis pensamientos que se debaten entre la vigilia y el sueño postergado; ahora camino un par de cuadras mas (no estoy siendo literal) y luego de sortear otra avenida, esta vez, Alvarez Thomas, detengo mi marcha en Acha y Olazabal, dispuesto a esperar el 93.
No llega nunca en el mismo horario que el día anterior pero por lo menos viajo mas cómodo, al punto que al hacer algunas cuadras del recorrido que inevitablemente (y por ahora) me sigue depositando en mi responsabilidad menos deseada, suelo sumergirme en los destinos mas diversos, algunos ya conocidos y otros por conocer.
Por ejemplo, el otro día y justo cuando el colectivo se disponía a doblar en una de las tantas esquinas que incluye la peripecia sobre ruedas, me encontré casi sin comprenderlo (y para que?) a orillas del río Baradero, caña en mano y en la restante, un mate esperanzador. El fuego crujía hasta convertir todo en brasas, que luego asarían vaya uno a saber que delicioso manjar; el sol brillaba sin atenuantes y el agua era un espejo encantador, uno de esos en los que vale la pena observarse y detenidamente.
Antes de ayer, luego de caminar las mismas cuadras y una vez arriba del transporte publico color arena, aparecí al cabo de unas cuadras en la Unter den Linden a los pies de la Branderburguer tor. Recuerdo que no podía dejar de mirar para todos lados, el contexto me inundaba de sensaciones muy dificiles de transformar en palabras. Todo era extraño y familiar a la vez, "todo dura un instante y para toda la vida".
Hoy también hice el mismo recorrido con mis extremidades que culminan en pies, hoy también espere el 93 y sin embargo hoy me encontré en un lugar al que nunca había imagina llegar. Estoy en la Luna, no se si es un pequeño paso para el hombre y un gran paso para la humanidad, solo se que aquí no hay colectivos, imagino por lo intransitable de la superficie. Aquí, no hay carteles de haciendo Buenos Aires ¿sera por que no hay empedrado que levantar?
En fin, viajes dentro de viajes. En fin, una manera de soportar tanta locura. Locura colectiva por sobre todas las cosas.