miércoles, 17 de febrero de 2010

Mientras todo gira y yira

El mundo gira lento, como siempre, aunque incomprendido. Realmente hay cosas incomprensibles, mientras todo gira y yira.
Hace unos 10 días, un padre fue a pasear a su hija a una plaza de Almagro. Hagan memoria, viajen al pasado y véanse a los pies de una hamaca, entre un ir y venir hipnótico; frente al inconmensurable tobogán y sus cualidades de generar dudas escalón a escalón. Allí, en una plaza, un rectángulo o cuadrado de césped y besos, este padre decidió robarle sonrisas a la cara de su pequeña hija, tratando de lograr así dibujar una mueca entre tanto gesto adusto. Un árbol que vivía hace tiempo en el mismo lugar, generando sombras y espacios para las caricias, y que un tiempo antes había dado indicios, muestras claras, de que sus raíces eran victimas de la crecida del gris cemento, cayó. Aquellas sonrisas que fueron a ser buscadas y encontradas, aquel fruncir los ojos, mostrar los dientes se transformó en un calvario de días y noches interminables. La niña se esta recuperando de a poco y todo esta encaminado, claro esta, con las incertidumbres que genera una fractura de cráneo. Fue de público conocimiento que los vecinos habían dado al Gobierno de turno (des-haciendo Buenos Aires) aviso de tal situación y de lo que posiblemente sucedería y sucedió. La plaza fue cerrada. Aun estando trabajando en ella como si se hubieran caído los edificios de la vereda de enfrente, la gente no puede acceder a ella, disfrutar de sus bancos, de sus juegos y lo que es peor, de su nostálgica calesita; ese sinfín de vueltas montados a un caballo o manejando un auto, ese girar y girar de un mundo de inocencia que se ve interrumpida, por ejemplo, cuando observamos que además de la niña que fue quién sufrió el accidente, el segundo perjudicado no es un responsable por lo sucedido, sino el calesitero. Ese señor encargado de hacer girar un pequeño mundo de alegría y que si hay puntería, nos regala la segunda vuelta, mientras todo gira y yira.


martes, 9 de febrero de 2010

Bailando un lento (colectivo)

Que en la vida deben tomarse precauciones además de cervezas y vinos, no cabe ninguna duda, mas aun si nos levantamos a las 7:15 hs, ponemos TN para ver como estará el tiempo y a las 7:45, cuando salimos de casa, ya sabemos que el día será cálido pero que hay ya 15 muertos y un tsunami de inseguridad.
Las precauciones varían, desde cortar la luz para cambiar una bombita (como hace “un amigo mío”) hasta confirmar nuestra presencia en un sitio con un horario holgado para evitar la indeseada impuntualidad. De este “amigo” que corta la luz para cambiar una bombita, sólo puedo  decirles que siempre me repite:”antes de que exista la minima posibilidad de morir electrocutado, prefiero que la gente piense que soy un boludo cagón”; sin embargo, la precaución de dar un horario dilatado sobre nuestro arribo al sitio pensado es para aquellos que viajan en colectivo una herramienta que siempre esta en la mochila junto con los apuntes de la facultad, el tupper con los restos de ensalada que nos llevamos al laburo y la cajita de fósforos llena de tu-tucas , diría un tartamudo (?).
Usted amanecido y lunático lector, se preguntará el por qué de dicha precaución, verá usted por qué: existe un grupo de choferes de colectivo que aparecen por lo general en los momentos menos propicios, no estoy hablando de los que pasan a altas velocidades y cerca del cordón luego de un chaparrón de 10 minutos y nos inunda de tal manera que sólo nos falta el patito sobre la cintura para creernos en una pileta; ni tampoco estoy hablando de ese que escucha a Gerardo Rozin en la Mega y se ríe como si escuchara algo simpático e interesante. No, les estoy hablando de aquellos que, como quien no quiere la cosa, reducen la velocidad del transporte hasta los límites de la exasperación. No se trata señores de impaciencia ni de poca tolerancia, para eso lean ustedes los comentarios del diario La Nación , se trata de incomprensión, profunda incomprensión.
En primer lugar la incomprensión viene cuando somos asiduos pasajeros de la misma línea y también del chofer y nos vemos sometidos al apuro y lentitud en proporciones similares, hay días en los que nos cierra la puerta en la cara y nos grita “arribaaaaa”, otros como si estuviera paseando un día domingo en su Fiat 147. Uno no habla de velocidad, ni quiere que vuele, pero si que piense en que quizás esas 15 o 40 cuadras que uno necesita hacer son parte de un tiempo que no es el de la línea en cuestión. Estos choferes aparecen por lo general cuando uno debe llegar al picado con los amigos y en el laburo lo retrazaron; cuando pegamos los ojos un poco mas y el despertador quedo huérfano de amanecer.
En segundo lugar, la incomprensión nos compete, puesto que se han naturalizado estas acciones y todos los pasajeros vamos mirándonos buscando al cómplice que se levante y le diga: “loco, apura la nave que para pasear me tomo el 344 de Liniers a Tigre”, y esto nunca sucede. Se ha naturalizado tanto el “arribaaaaa” y la cabeza contra el vidrio o media cara contra la puerta, como “el pasear es un placer” que en el 71 no debe suceder (?).
Yo me pregunto siempre que pasaría si ese chofer para en un kiosco, se compra un pancho y cuando se lo van a entregar en mano, luego de haberlo pagado se lo escupen ¿se sube como si nada al colectivo y continúa viaje hasta que el timbre le indique la próxima detención?  Seguramente que no y cuando se le consulte por qué, dirá, que porque el pago un pancho y que como tal no puede ser comido escupido por quien se lo vendió.
Bue….yo creo que eso es lo que de ahora en mas debemos decirles a los colectiveros, que nosotros su pancho no lo vamos a comer, debemos decirle, que nosotros pagamos un servicio y que el mismo debe ser lo mas eficiente posible, porque como la precaución es algo que esta siempre en la mochila se nos puede quedar olvidada o salirse de ella por el cierre roto del bolsillo chiquito (?)

miércoles, 3 de febrero de 2010

Pasajero enojado con juego

Así como llevo años yendo al supermercado y al momento de ir hacia la góndola de las carnes para comprar dos bifes con lomo, observar como los distintos compradores toman una carne picada desgrasada de la cual se arrepentirán a los 15 segundos y dicha bandeja es depositada en la fila del Mondongo (?); llevo años, también, viajando en colectivo, observando cosas extrañas o conductas que me llevan a escribir estas y otras líneas.
La situación que viví hoy merece al menos unos renglones (y espero que su atención también). Tome el 60 para dirigirme desde la Panamerica hacia la zona de Cabildo y Congreso; y por estas cosas que tiene la vida, el chofer asintió al gesto de una mano extendida que luego se transformaría en parte de mi aventura transportada.
El hombre subió, sacó boleto y luego de hacer 6 o 7 pasos, se sentó a mi lado. Unas cuadras después sacó de su portafolio una birome y la antepenúltima página del gran diario (de mierda) del país, esa en la que en tiempos pasados se encontraban solamente la Claringrilla y los signos del zodíaco, y que ahora y desde hace un tiempo, trae también un juego llamado “Sodoku”.
El juego consta de un cuadrado enorme, que contiene 9 cuadrados, a su vez, divididos en 9 cuadraditos en el que en su interior deben colocarse los números que van del 0 al 9, sin que estos se repitan ya sea dentro del cuadrado intermedio como en las filas y columnas que estos forman (si pone canal Encuentro, seguramente Adrián Paenza le mostrara como es el juego y lo ayudara a entenderlo).
Si bien el juego tuvo incidencia en la experiencia por mí vivida en el colectivo, la tuvo aun más la actitud del pasajero encargado de ¿resolverlo? Estamos cerca del verano y el calor sumado a las condiciones del viajante cotidiano suele ser una combinación explosiva. Una combinación que hace emitir a cada uno de los tripulantes una infinidad de gestos y onomatopeyas, que de persistir en el tiempo se tornan molestos, por no decir insoportables. El compañero de viaje comenzó su lúdica experiencia sumido en una tranquilidad inusitada dado que era lunes y eran las 18 hs, pero con el paso de las cuadras dicha tranquilidad, calma, paciencia fue deteriorándose. Los primeros indicios me los dió su constante movimiento corporal, como quien no encuentra su posición en el asiento; luego le siguió ese sonido, un tanto gutural, que es el chistido. La constancia del mismo, hizo que inclinara mi cabeza hacia su persona tratando de entender cual era la molestia que lo aquejaba, cuando pude ver y entender lo que sucedía.
Resulta que le faltaba poner el 1 y el 3 en los cuadraditos ubicados en el interior del cuadrado intermedio, la dificultad radicaba en que además le faltaban otros números ausentes en el papel y en la imaginación. Se lo notaba molesto, a esta altura, el pasajero tenia como diría un amigo de la infancia “mas juego que el Ital Park” en sus movimientos y el chistido era casi interrumpido; con su birome dibujada abstractos garabatos en el aire sobre el tablero. La frente le transpiraba a mares y el pañuelo se inundaba de sudor y de ansiedad. Yo no podía evitar sonrojarme ante la atenta mirada de los demás pasajeros, también atrapados por esta suma de movimientos gimnásticos y sonidos permanentes, como así tampoco dejar de mirar el tablero vertido en papel prensa.
Cansado ya de los movimientos, la transpiración, los gestos, el pañuelo, los garabatos, el Ital Park, la birome, la ausencia del 1 y el 3, no pude contenerme y cuando el colectivo se detuvo en la esquina de Cabildo y Nuñez, toqué timbre, bajé, le compré un Crónica al canillita vespertino, saqué del interior del mismo el suplemento Croniquita, ese de juegos infantiles de fácil solución, corrí dos cuadras el colectivo que había abandonado y una vez arriba, entregué en mano al transpirado y exaltado pasajero dicho suplemento, recién allí, la calma existente antes del gesto de la mano extendida aludido por el chofer, volvió a hacerse presente.
El resolvió una sopa de letras ya sin sudor mientras yo, perplejo, trataba de ubicar los fatídicos números 1 y 3.