viernes, 16 de abril de 2010

Agosto en Munich

Pedaleamos por las arterias de la ciudad y llegamos a su pulmón. No era el corazón, era el pulmón de una ciudad bellísima. Entre las fachadas de los edificios y los adoquines, entre los museos y las avenidas, un banco de plaza, para ser mas preciso un banco de parque. El sol brillaba y permitía llenar los ojos de un paño verde y grandes arboledas, por ahí, en la inmensidad.
Conversamos de los días y las noches, reímos al recordar anécdotas, hubo tiempo para las fotos y la lectura.
Volvimos pedaleando entre monumentos y flores, entre idiomas. Nos esperaba una casa y las estrellas se dejaron ver.
Era Agosto en Munich. Invierno al otro lado del charco.

miércoles, 7 de abril de 2010

Conversacion Colectiva

De repente y en medio de parpados caídos, de cabezas tan cansadas que soportan el repiqueteo contra la ventanilla-almohada, y del gusto a mate recién dejado en la mesada, se escuchó el timbrar de un celular que hacía sonar la canción del boludo de moda, Ricardo Fort.
Vaya uno a saber si porque el dedo se dirigió rígido e implacable al SEND o por el hecho de abrir la tapa la comunicación (grupal) dio inicio. Ella, con una verborragia propia de un horario vespertino, ese resquicio del día donde las lagañas brillan por su ausencia, se están sorteando la Nacional y Provincia o en su defecto, la gente mira a Jorge Rial; nos contó mientras le contaba a su interlocutora celular que “el finde había estado buenísimo”, ya que el viernes había salido con ese chico que tanto le gustaba y al que había decidido hacer esperar una semana mas la posibilidad de ver su cuerpo desnudo. Histérica? No, para nada.
Las cuadras, las esquinas, los semáforos y los pasajeros pasaban, mientras tanto, ella continuaba relatándole y relatándonos, que el sábado se había levantado tarde. Que fue a pasear a Matute el perro y que se quedo en la plaza tomando sol, porque tenia un casamiento y no vaya a ser que la recepción la encuentre pálida y tomando Gancia (?).
Era temprano. Cada  una de las subjetividades colectivas dejaba ver en sus ojos la mochila del día y las palabras que fluían estridentes, opacaban aun mas ese pequeño y efímero brillo matinal.
Mientras narraba, nos narró que el domingo la encontró tirada en su cama hasta la hora de los ravioles y el estofado y que se había despertado mucho antes, cuando oyó al diarero revolear y hacer golpear el diario contra le ventana de su habitación cuando en realidad sólo debía dejarlo al lado de la puerta.
Si hubiera o hubiese (?) sabido lo que me esperaba arriba de ese colectivo, me tomaba el que venia atrás o antes de ascender me cargaba una de 30 de Mogolistar. Menos mal que es Lunes y que el 93 llegó a la intersección de las avenidas Mitre y Melo en Florida donde me bajé y aunque me dirija al puto laburo, me inunda una silenciosa alegría.