miércoles, 26 de mayo de 2010

¿Y donde esta el co-piloto?

Así como los jugadores de bolitas, como éstas mismas, han entrado en extinción, hoy por hoy es muy difícil encontrarse con los copilotos de chofer de colectivo.
Lamento enormemente sus ausencias en cada viaje que realizo, por más que estos duren 19 cuadras o 23 minutos. Pienso en cuanto mas agradable podría ser para un colectivero contar con un compañero de viaje que le toque los temas que la ocasión demande.
Me pregunto dónde está aquel niño, al que mi mente ubicaba en lugar de hijo del chofer, que mientras su viejo silbaba un tango, cortaba el boleto de inesperado color y con posibilidad de capicúa, que la gente le requería. ¿Dónde esta aquella mujer con la bolsa de los mandados entre sus piernas, con la que el chofer hablaba sobre lo que pasaba dentro y fuera del supermercado, en vez de oírlo de la espiritualidad emulada, lucrativa y matutina de Ari Paluch?
¿Qué ha sido de ellos? ¿Qué ha sido de aquel vendedor ambulante que luego de ofrecer su producto y vender apenas un paquete de caramelos charlaba sonriente con el mandamás del volante?
Quizás inconcientemente añore dicha comunicación por mi condición de pseudo estudiante en la materia, pero en la superficie, allí donde se ve la espuma del mar, creo que se debe a que añoro los viajes sin bocinazos ni puteadas, sin cricket en mano ni gritos a tacheros; sin ese “chancho” que sube con gesto adusto, pide boletos y provoca que el niño se siente y se haga el dormido, que el vendedor ambulante baje sin importar donde y de manera presurosa; y que aquella mujer con la bolsa de las compras a cuestas deba correrse, hacer silencio y escuchar como el controlador de boletos le pide al hasta hace unos segundos su interlocutor, que prenda la radio y porga al idiota de Beto Casella.
Parada por favor!!!!

lunes, 17 de mayo de 2010

Las mochilas y los colectivos

Así como me pasa a mí con la agujereadota de pared, hay personas que viajan en colectivo con mochilas, diversos modelos y colores de mochilas, diversos tamaños y actitudes de mochilas…
Las mochilas ofrecen un montón de facilidades, sin embargo a la hora de su utilización en el transporte de “Toque timbre” y “Descienda por atrás”, adquiere una relevancia particular (mente) obstaculizadora.
El colectivo esta repleto, uno trata de acomodar desacomodadamente su cuerpo entre los cuerpos, y de golpe frente a nosotros, un individuo que estático conserva su lugar y que cuando uno pasa no conserva el silencio, expulsando una seguidilla efímera de onomatopeyas que culminan con cara de “así no se puede viajar”, buscando  complicidad en otra mirada. Nos enyogizamos y levantamos las cejas homenajeando corporalmente al refrán aquel que reza “un gesto vale mas que mil palabras”, mientras que en nuestra mente comenzamos a buscar silogismo tras silogismo, huellas, marcas, señales que den cuenta del por qué de dicha actitud, por qué y cómo es posible que una persona salga de su casa con una mochila tan llena de vianda, ropas, apuntes, libros, mp3, celular, desodorante, carpeta y cuaderno y todo lo que la palabras cachivaches comprende; cómo es posible que cuando sube al colectivo minado de gente no se la saque, no se la ponga entre las piernas en aquel resquicio donde pudo ubicar a duras penas su humanidad. ¿Acaso querrán ser molinetes humanos?
Y también está aquel, que sentado en la fila de los asientos de a dos, no sólo se sienta en el mas cercano al pasillo sino que además apoya su mochila en el asiento que da a la calle y mira hacia un horizonte inalcanzable, hacia un punto difuso que sólo él puede observar por no decir que se hace el boludo olímpicamente. Me reconforta cuando se le sientan al lado habiendo otros asientos disponibles aunque la mayoría de las veces esto no suceda.
Las propiedades solidarias de las mochilas se ven opacadas por la utilización que las personas les dan en el interior de un 93 lleno, dentro de un 132 a las 18 hs por Avenida Córdoba; si usted me viera manejando la agujereadota de pared, seguramente escribiría su texto…..

lunes, 10 de mayo de 2010

Cuando faltan 5 para el mango con 25

Es un instante. Ya cuando subimos la mera sospecha de que la ausencia sea posible, ante el capricho de la maquina, nos perturba.
Sabemos que no nos sobra ni un centavo y si nos sobrase de nada serviría. Tenemos que pagar el boleto, que es sinónimo de viaje, pero que se diferencian y mucho; todas nuestras monedas oscilan entre los 5 y los 10 centavos. Las vamos poniendo de a una siguiendo las instrucciones que visten a la tecnología y con el fin, además, de evitar un reproche matutino del chofer sin mate ni torta frita.
Tenemos que pagar $1,25 de los cuales nos restan completar 35 centavos. La mente y los ojos jamás prestaron atención, tanta atención, al visor de letras verdes con escenografía negra. Las piernas se aflojan, el brazo pesa y el sonido del metal que danza en el bolsillo plástico no es música para nuestros oídos sino, mas bien, la representación mental de una escena de suspenso.
Faltan 15 centavos. Tiramos la última moneda de 10 y mientras la degluten, nuestra mente se concentra aun mas en la perturbadora posibilidad de que nos falten 5 para el mango con 25. Miramos el diminuto símbolo, lo introducimos en la maquina y escuchamos su periplo como quien contempla la bola de Bowling, que acaba de lanzar, en su viaje interminable y ¡sin canaletas!
Una vez con el boleto en la mano, elegimos, de ser posible, un asiento sino habrá que quedarse parado y mientras la ventana nos muestra el día, darse cuenta que es muy distinto que te falten 5 para el mango que 5 para el mango con 25.
¡Te la regalo tener que caminar 30 cuadras debajo de esta tormenta de granizo sin capot!