miércoles, 23 de junio de 2010

Preguntas matutinas de un viernes mundialista en el 71

Con más pena que gloria, he vuelto a tomarme el colectivo 71.
A su parada me ha llevado el otoño, que disfruto en las comidas, en las tardes de sábado soleadas de boina y ciudad, en los domingos de laguna y mate pero que en bicicleta (transporte utilizado en mis últimos viajes hacia el trabajo) se vuelve un tanto engorroso debido a que uno debe emponcharse como un Equeco y tal suma de ropaje trae consigo una transpiración alienante, que el frío del vestuario laboral ante la posibilidad de una ducha vuelve insufrible; me condujo también a su parada el debate entre la vigilia y el sueño, tan recurrente en mis días cargados de noches largas a veces un tanto estériles. En fin, el clima, sus cualidades a la hora de salir de la cama, mis horarios sin horario, la carencia de guantes y el vestuario laboral me han empujado a la parada del 71, colectivo al que había cambiado por el 93 cuando amanecía temprano y bien; y antes de la compra de mi despintada inglesa Susu (una bicicleta bautizada así en homenaje a Susu Pecoraro, vaya uno a saber porqué).
Sin poder resolver el dilema de por qué una línea de colectivos que tiene tres ramales (x Maipú, Maipú x Congreso y x Panamericana) y siendo el mas utilizado el ultimo de los enumerados, se encarga de hacer coincidir en un mismo momento dos vehículos sin que estos sean justamente el que mas gente espera y por lo tanto, desespera. Sin esa respuesta, quizás esclarecedora de muchos otros tantos acertijos que encuentran lugar entre libros, mp3, bufandas y ventanas cerradas; huérfano de dicha resolución subí al colectivo lleno, bien lleno, repleto de huesos mortales, de corazones que laten, y me tope con ella (que puede ser él, no se me acuse de machista!!!), la ansiedad hecha persona, un ser que no se por qué razón se abalanza sobre todos los que hemos quedado entre la puerta y la maquina tragamonedas con la intención de sacar boleto desde allá, sí, desde ahí, desde al lado de la puerta, con su “ñata nuca junto al vidrio”.
¿Acaso no observa que los que estamos delante de ella no hemos sacado boleto todavía? ¿Acaso no le da un poco de bronca tener que viajar así, y este enojo, el deseo de no querer pagar el boleto? ¿Por qué se apura? ¿Cuál es el motivo de su ansiedad insoportable? ¿No ha sufrido ya esta escena durante meses o años trabajados, como para saber que el colectivo inundado de gente solo se vacía cuando las puertas del medio o en su defecto la de atrás se abren, dejando en libertad a aquellos cuerpos que ya pasaron por las mismas circunstancias por las que esta pasando ella?
Lo mío es una neurosis obsesiva sin ningún tipo de duda, pero como es posible que una persona no se haga, en dicha situación, alguna de estas preguntas….sobre todo si antes de sacar boleto tiene que empujar y pasar por arriba a otros que viajan tan mal como uno.

lunes, 14 de junio de 2010

De bondi a bondi

Hay momentos de mis días en los que me detengo en aspectos imperceptibles; largos, extensos y estériles periodos pero que se vuelven trascendentes para mi subjetividad ("suele pasarme, olvido lo que importa mas....")
Muchas veces me pregunté, y lo sigo haciendo, si esa ventana que se abre con el movimiento del colectivo en su andar y la fusión con los pozos de las calles de la ciudad, me había elegido como víctima en épocas invernales y de sueños, entre el "1,25, por favor" y el timbre que acabo d tocar para bajar de la formación.
Hace tiempo que me detiene el cumulo de gestos, ademanes y circunstancias que rodean al encuentro que se da entre los choferes de la misma linea y en un mismo recorrido, sobre todo porque el vinculo que se establece entre los de recorridos opuestos es un simple guiño de luces del vehículo o en su defecto, un bocinazo seco.
He comprobado que, por lo general, aunque no se digan nada o solo medien tres o cuatros palabras, la apertura de la puerta es instintiva. Creo que concientes de que el tiempo de un semáforo es poco para entablar una comunicación fluida, sus palabras se vuelven inaudibles debido a la velocidad asignada. Si uno llega a comprender algo de lo enunciado, por lo general, puede comprobar que hay quejas con respecto a algún compañero que se adelanto ene el recorrido o destinadas al inspector de gesto amable (mente) mentiroso.
La conversación, el intercambio de gestos, ademanes, signos de una comunicación netamente urbana puede durar el latido de los tres colores, quizás algunas cuadras.
Algunos choferes se buscan mutuamente, regulando la velocidad, calculando distancias, encerrando a algún taxista; otros en cambio parecen confluir por casualidad y casi siempre uno de los dos choferes evidencia un deseo de comunicacion mas fuerte al punto que desde el semáforo anterior no cerró la puerta de subida, esa que sólo pueden utilizar los ancianos y los padres con hijos en brazos para bajar sin que el chofer se queje; están aquellos que no median gesto alguno sino un efímero toque de bocina que puede ser señal de relación laboral sin vestigios de amistad o "nos vemos en la terminal y charlamos, que ya baje a comprar puchos y los pasajeros me miraron con cara de pocos amigos".
De bondi a bondi, una comunicacion que en las esquinas de una ciudad que no para de hablar, se tiñe a veces de amarillo, pero casi con certeza de rojo.
Verde? Que te quiero verde!!