miércoles, 29 de septiembre de 2010

Ensalada de fruta (y que fruta!!)

Una entidad abstracta ha sentenciado hace ya tiempo que “tratando de lucirse, un chancho puede comer jamón”, aduciendo que “siempre revelamos a lo que estamos sometidos” y es aquí donde está la génesis de este relato o, por lo menos, la base que determina la superestructura (?)


Van 25 minutos de espera en Melo y Panamericana. Las leyes de Murphy se hicieron evidentes de manera descarada, ya que no sólo pasaron dos 15 semivacíos (si lo esperas, llevate el mate y la reposera) sino que los 60 parecían los Benvenuto! Mientras pensaba en la cantidad de autos que ingresan a la ciudad por esta arteria mayor y por ende, la cantidad de personas, que en pocos kilómetros, vivimos amontonadas hizo su aparición a lo lejos el 71. Sabiendo que era estéril mi brazo recto formando un ángulo de noventa grados para parar el colectivo, no así para darme cuenta que tenía que bañarme (?), observé como el bondi lleno se iba y se perdía entre las hormigas con motor.

Algunos minutos después nuevamente el 71 a lo lejos, una seña, un guiño y “arriba los que van a Devoto…”, lleno total, me quedo pegado a la puerta, y mientras las paradas pasan entre gestos del chofer señalando la imposibilidad de llevar más pasajeros y ademanes desde las veredas, que seguramente habrían de acordarse de toda la familia del gordo de bigotes, yo deseo que algunos pasajeros tengan como destino final Crisólogo Larralde y Acha, o Díaz Colodrero, pero que bajen, porque ya veo que…..que…que se suben, estas dos pequeñas mujeres y al mismo tiempo que ponen el segundo pie en el escalón preguntan si hemos sacado boleto.

Me pierdo por un instante, me suspendo en una liviandad inusitada en esta pila de nervios y esqueleto y recuerdo que tratando de continuar la teoría marxista, la ciencia de Karl, Althusser introdujo la noción de aparatos ideológicos de estado, evidenciando que además de la determinación económica que constituye a nuestras sociedades capitalistas, en la superestructura hay lugar para determinaciones de un nueva realidad: la ideología.

Y me pregunto:

¿Qué mierda tiene que ver Althusser con el 71?

¿Qué tiene que ver el chancho y sus ganas de comer jamón?

¿Qué relación hay entre los Benvenuto y la línea 60?

Pero lo que más me pregunto, y en esto soy irreductible es:

¿Por qué carajo quieren sacar boleto aquellos que apenas suben, ya están viajando colgando del estribo? Y, si no es en este tipo de acciones, donde además de pensar que somos boludos por someternos a ellas todos los días sin prender fuego una terminal (?), no debemos entender que revelamos nuestra sumisión, por más insignificante que sea, al pagar un boleto, que según el chofer (que ahora es la empresa!) es nuestro seguro, cuando de seguro lo único que tenemos son los 25 minutos de espera en la esquina que sea, el viajar como animales y que yo cuando leo no entiendo nada!....y trato de lucirme como el chancho….ah! acá estaba la relación que no encontraba (?)

martes, 21 de septiembre de 2010

Feria y figacitas

Esos precios ya no existen....

Recuerdo que era un ritual que tenia lugar una o dos veces por semana. El barrio se vestía de colores donde predominaban el celeste y blanco, además de los cajones con manzanas verdes, papa blanca y batata; el olor a pescado, las galletitas en caja (la de los animalitos y los confites de colores!)
La feria se armaba y se desarmaba en el transcurso de unas horas, eligiendo las calles donde quería estar, donde mi abuela compraba las figacitas que tanto me gustaban, más aun cuando estaban empapadas del juguito de un bife a la plancha.
La saludable de decisión de mandarme al colegio por la tarde, de mi madre, me preemitía vivir esta celebración ritual del chango cargado de puchero futuro, de botellas de vidrio opacas y resistentes a un golpazo. Había música de fondo, muchos diálogos de pie en vereda y el otro en la calle, de vecina repetidora de malas nuevas y de niño correteando por entre los puestos ¡y que cuidado había que tener con el puesto de accesorios de limpieza y las escobas colgando!
Cada rato se escuchaba el parlante saturado de una camioneta que cargaba chatarras compradas y algunas para vender, la balanza encendía su aguja y el vendedor limpiaba sus manos en el delantal blanco.
Era la feria del barrio, era el cuarto de figacitas y el cuarto de miñones; llegar y comer hasta que viniera el micro de Bachi y me depositara en la feria donde nunca nos contaron la historia como es, para que hoy no nos preguntemos: que hago en Carrefour?...

martes, 14 de septiembre de 2010

La pregunta del millon.....de insoportables!!!

Hay días en los que ese mismo al que le reprochamos la media hora que llevamos en la vereda esperándolo y nos manda a hablar y quejarnos en la empresa, decide meter a 253 pasajeros en un habitáculo en donde sólo entran unas 25 personas sentadas y otras tantas paradas, obligándonos con ello a realizar las mas diversas piruetas para llegar a algún resquicio donde no molestar al otro ni sentirnos pasajeros simbióticos por más que la que tengamos al lado esté buena.
Ya de por sí sacar boleto es una tarea ardua, porque si esperas estar cerca de la máquina para sacarlo, no apurándote, evidenciando tu malestar y tu deseo de viajar en una nave espacial (?), recibís seguramente el sonido gutural de algún apresurado benefactor de la 93. Una vez con el seguro, por si nos matamos todos, en la mano, pedimos el primer permiso de una serie que puede llegar hasta los treinticuatro, de los que recibimos como respuesta, una corrida de mochila, un chistido de molestia, el “si, como no” de uno que se transforma casi instantáneamente en posible compañero de un truco imaginario y compinche en caso de deliberación colectiveril.
Ya estamos en el fondo, hemos llegado luego de una tarea que requiere ausencia de artrosis, un buen movimiento del Tupper con el morfi que llevamos al laburo pero, por sobre todas las cosas, una irreconocible puntería para levantar la pierna y apoyarla al caer en un sitio sin tacos ni zapatos, sin mochilas ni bolsas de los mandados ¡y todo esto con el colectivo en marcha!
Pero esta pseudo satisfacción personal dentro de la bronca matinal se esfuma cuando cercanos a la puerta del fondo, lugar que elegimos (si es correcto utilizar este verbo!) para molestar lo menos posible, como así también, para no sentirnos intimados por otro cuerpo, y al que llegar nos llevó un tiempo, al punto que ya estamos por bajar, aparece la preguntonta del millón (?): “¿Bajas?”, a la que por una cuestión de principios y respeto uno responde con un “Sí” amable pero que por dentro más de una vez nos hizo pensar en respuestas como “No, estoy acá, porque me gusta tocarle timbre a los demás pasajeros” o quizás “No, es que dudo en todas las paradas si bajarme o no”, en fin…quizás se llame la pregunta del millón, debido a que son tantas las respuestas para dar que habría que tomarse el 343 de Liniers a Tigre y en el eterno viaje, hacer la prueba….