martes, 31 de mayo de 2011

Pizza, birra y timba

Unos comensales despues del sorteo se comieron esta "barrilete" de la Lobato 

Era viernes. Decidimos salir a caminar por las veredas del centro de la ciudad con el propósito de comernos unas porciones de pizza sobre alguna de las pizzerías de la avenida Corrientes.
Fuimos hasta Guerrin pero era la hora indebida. Pretender encontrar una mesa libre a esa hora, las nueve de la noche, es como pretender subirse a la General Paz mano a la Luna a la hora que sea o al subte Línea B en la estación Los Incas a las ocho y cuarto del amanecido día; un imposible, pero si de manyarse una de muzza con faina, el intento lo vale.
Imposibilitados de poder ingresar en las fauces de la pizzería en cuestión, recordé épocas pretéritas, para ser más exacto, lunes después de las 21 allá por el 2007, cuando solía encontrarme con mi primo para terminar en la barra de Banchero, y mientras degustábamos una porción de fugazzeta al mismo tiempo que un chop de fría cerveza, charlar de todo un poco. Que Chicago esto, que tal materia de la facu lo otro, en fin… tal recuerdo me y nos empujó, ayudado por la velocidad de nuestros pasos y el hambre, a la esquina de Corrientes y Talcahuano.
Una vez adentro, que besos van que risas vienen, que “una grande mitad morrones mitad capresse, una gaseosa y un chop de cerveza, por favor”, que gente entrando, que gente saliendo, que “¿qué tal tu día?”, que el trabajo esto y lo otro. Los mozos de aquí para allá, sin poder detenerse un instante; aquel sirviendo dos balones de cerveza que estaban para la foto, otro buscándole una mesa a un grupo de mujeres, otro llevando una grande y una chica a una mesa del entrepiso. El bachero lavando con fruición los vasos y los cubiertos, el cajero con la velocidad que esgrimen los compulsivos de la telefonía celular facturando y la pizza que llega a nuestra mesa.
La tv proyecta el partido que Banfield y Godoy Cruz empatarán 1 a 1. Luego de servirnos mutuamente (la caballerosidad la perdí antes de nacer (?)) y dar los primeros bocados, comenzamos una comunicación gestual a la que nos someten nuestras bocas llenas de pizza y  placer. Los ojos se mueven de aquí para allá, los labios se mecen al compas de una boca que no puede ni desea abrirse; la nariz come a su manera.
Laverni marca el final del encuentro y el cajero que abandona unos números por otros, cambia de canal y pone Crónica donde se puede observar el sorteo de las quinielas nocturnas, es en ese instante en el que lo veo a él, uno de los mozos, que aprovechando un momento de quietud y tranquilidad (¿generada acaso?), se apoya sobre una columna del recinto medio escondido y fisgonea el tablero que la pantalla proyecta.
¿Qué numero habrá jugado? ¿Como puede ser el destino tan cruel que han salido ya 19 de los 20 que se sortean y el que falta es justamente el primero, el que sin dudas es el más importante?
Se lo ve ansioso, aprieta fuerte el trapo con el que limpia las mesas, espera que el premio se deje conocer. ¿Cuánto habrá apostado? ¿Qué estará comprando con el potencial premio ganado? Mueve la pierna izquierda sin interrupción, busca la mirada cómplice de uno de sus colegas que a la distancia lo observa con una sonrisa.
Está por llegar el premio, el audio está bajo, sólo se ven las bolillas caer de sus respectivos recipientes, los niños cantores que las toman y cuando por fin el numero se materializará, y con él la alegría o la desazón, de una mesa del más acá llega el grito inoportuno de una clienta: “mozooooooooooooooo”.
 Ni los 20 pesos de propina que le dejaron después de pedirle la cuenta y pagar fueron capaces de dibujarle una sonrisa en la cara.
Mi mujer cuando nos íbamos me preguntó por qué me había colgado de esa manera por unos minutos. Yo le dije que era por lo maravilloso de la pizza con cerveza, pero en realidad había jugado el 22 y había salido el 44.

jueves, 5 de mayo de 2011

Juan, el saboteador

Juan es el de remera rojo fuego (?)

Juan se levanta a las cinco de la mañana todos los días exceptuando los domingos para llegar a su trabajo a las ocho pues vive en Paso del Rey y trabaja en Florida Oeste, en donde lo ubicó la empresa de seguridad que se encarga de pagarle un miserable sueldo y como podrán observar, entrenarlo para maratonista (?).
Juan luego del baño y unos amargos, sale a la calle para esquivar el barro que se acumulo en la cuadra producto de la lluvia pero, por sobre todas las cosas, de la inoperancia (busque usted estimable lector el termino que le parezca apropiado) del político al que le quepa el sayo. Saluda al panadero de la esquina y casi al mismo tiempo emprende una corrida efímera hasta la estación donde, luego de sacar boleto, se pone a conversar con el canillita mientras espera al ciempiés metálico que lo transportará hasta la estación de Liniers para poder hacer la interminable cola matinal del 21, sea el ramal que sea.
Sarmiento llega y como “las ideas nunca mueren”, tampoco las de Juan, que sabe que por unas estaciones su cuerpo será suyo mas no una masa uniforme, a esta altura, en Morón, de personas, bufandas, paraguas, libros y alguna que otra bicicleta. Otra idea, que no muere y se hace Juan, aunque cotidianamente comprobada, es que para poder bajar en la estación de Liniers uno debe bancarse la ñata contra la puerta que cuando el insecto largas dimensiones se detenga, comenzar un contorneo del cuerpo digno de “uno de esos chinos del circo este que esta buenísimo pero que te sale un huevo y la mitad del otro poder verlo, vistes…” para con la inercia de los “hombres de goma” que hace unos años han perdido la condición de pasajeros ni hablar la de personas, poder salir de las fauces metálicas, subir la escalera, bajar el puente y pararse atrás de la señora y su cartera de cuero marrón.
El 21 y cualquiera de sus ramales, si no son la misma cosa con diferente recorrido y cartel, lo acercan a su laburo; digo lo acercan porque Juan debe caminar siete u ocho cuadras para, por fin, tocar timbre y empezar a trabajar, si no es que lo viene haciendo desde que saludo al panadero de la esquina de su casa o por lo menos desde que el tren paso por Morón.
Luego de las nueve horas “oficiales” de trabajo, debe volver a caminar las mismas cuadras que camino a la mañana, esperar que 5 colectivos no le paren porque están atiborrados de gente que viene de más lejos, el sexto frenará y Juan viajará casi una hora pegado a la puerta del transporte porque levanto a los que no levantaron los cinco colectivos anteriores, además de que la General Paz es más lenta que Romagnoli el que juega en San Lorenzo.
Llegar a Liniers y esperar al prócer de vías y tirantes que se quedo un ratito entre Miserere y Caballito porque saltaron unos chispazos producto del agua, la electricidad y el ausente mantenimiento de los vagones, los trenes, las barreras, los molinetes, el Mercedes de Gustavo Gago, vocero de TBA. Una vez que llega y se detiene recurrir a la elongación de la mañana, viajar como una vaca al matadero hasta Paso del Rey, para tomar tres mates, preparar la comida y morir en la cama, para mañana…hacer lo mismo.
Ah…me olvidaba, Juan además de todo eso es saboteador (¿?)