jueves, 5 de mayo de 2011

Juan, el saboteador

Juan es el de remera rojo fuego (?)

Juan se levanta a las cinco de la mañana todos los días exceptuando los domingos para llegar a su trabajo a las ocho pues vive en Paso del Rey y trabaja en Florida Oeste, en donde lo ubicó la empresa de seguridad que se encarga de pagarle un miserable sueldo y como podrán observar, entrenarlo para maratonista (?).
Juan luego del baño y unos amargos, sale a la calle para esquivar el barro que se acumulo en la cuadra producto de la lluvia pero, por sobre todas las cosas, de la inoperancia (busque usted estimable lector el termino que le parezca apropiado) del político al que le quepa el sayo. Saluda al panadero de la esquina y casi al mismo tiempo emprende una corrida efímera hasta la estación donde, luego de sacar boleto, se pone a conversar con el canillita mientras espera al ciempiés metálico que lo transportará hasta la estación de Liniers para poder hacer la interminable cola matinal del 21, sea el ramal que sea.
Sarmiento llega y como “las ideas nunca mueren”, tampoco las de Juan, que sabe que por unas estaciones su cuerpo será suyo mas no una masa uniforme, a esta altura, en Morón, de personas, bufandas, paraguas, libros y alguna que otra bicicleta. Otra idea, que no muere y se hace Juan, aunque cotidianamente comprobada, es que para poder bajar en la estación de Liniers uno debe bancarse la ñata contra la puerta que cuando el insecto largas dimensiones se detenga, comenzar un contorneo del cuerpo digno de “uno de esos chinos del circo este que esta buenísimo pero que te sale un huevo y la mitad del otro poder verlo, vistes…” para con la inercia de los “hombres de goma” que hace unos años han perdido la condición de pasajeros ni hablar la de personas, poder salir de las fauces metálicas, subir la escalera, bajar el puente y pararse atrás de la señora y su cartera de cuero marrón.
El 21 y cualquiera de sus ramales, si no son la misma cosa con diferente recorrido y cartel, lo acercan a su laburo; digo lo acercan porque Juan debe caminar siete u ocho cuadras para, por fin, tocar timbre y empezar a trabajar, si no es que lo viene haciendo desde que saludo al panadero de la esquina de su casa o por lo menos desde que el tren paso por Morón.
Luego de las nueve horas “oficiales” de trabajo, debe volver a caminar las mismas cuadras que camino a la mañana, esperar que 5 colectivos no le paren porque están atiborrados de gente que viene de más lejos, el sexto frenará y Juan viajará casi una hora pegado a la puerta del transporte porque levanto a los que no levantaron los cinco colectivos anteriores, además de que la General Paz es más lenta que Romagnoli el que juega en San Lorenzo.
Llegar a Liniers y esperar al prócer de vías y tirantes que se quedo un ratito entre Miserere y Caballito porque saltaron unos chispazos producto del agua, la electricidad y el ausente mantenimiento de los vagones, los trenes, las barreras, los molinetes, el Mercedes de Gustavo Gago, vocero de TBA. Una vez que llega y se detiene recurrir a la elongación de la mañana, viajar como una vaca al matadero hasta Paso del Rey, para tomar tres mates, preparar la comida y morir en la cama, para mañana…hacer lo mismo.
Ah…me olvidaba, Juan además de todo eso es saboteador (¿?)





1 comentario:

Julián dijo...

Que sea saboteador es lo de menos. Los peores ladrones se visten de traje, y jamás se meten en un tren ni de colado ni pagando.